CAPÍTULO 32
Leticia Valente caminaba con la espalda erguida, manteniendo esa postura de hierro que había cultivado durante décadas. Sin embargo, su mirada ya no buscaba solo a los inversores o a las esposas de los banqueros para intercambiar cortesías vacías. Algo en el ambiente la inquietaba. A su lado, Enrique Saldívar se movía con una impaciencia mal disimulada y sus ojos recorrían los cuadros al pasar con la misma indiferencia con la que revisaría una lista de precios en un mercado de abastos.
Se detuvieron finalmente en la sección lateral, un espacio un poco más apartado que gozaba de una iluminación tenue y dramática. Allí colgaba la obra de Matilde.
Era un lienzo de dimensiones considerables que parecía absorber toda la luz de la estancia. Un mar embravecido, pintado en una gama de grises tormentosos y azules tan profundos que rozaban el negro, dominaba la composición. El blanco de la espuma era violento, aplicado con una fuerza que hacía que las olas parecieran estallar fuera del cuadro, amenazando con empapar a quien se atreviera a mirar de cerca. Pero lo que capturaba el aliento no era el caos, sino el centro: una pequeña luz, un punto de claridad casi imperceptible, que luchaba desesperadamente por no ser extinguida por la inmensidad del abismo.
— Enrique, mira esto —susurró Leticia. Por primera vez en años, su voz no contenía reproche, sino una sombra de asombro— Realmente tiene talento. Nunca me detuve a mirar sus bocetos en casa, pensaba que eran simples pasatiempos, pero esto… esto es una confesión. Mi hija ha capturado el alma en esos trazos. Su cuadro es… es muy bello.
Enrique soltó una risa seca, un sonido áspero que cortó la atmósfera sagrada que Leticia había intentado construir. Estaba cargada de un desprecio tan puro que Leticia sintió una punzada de tensión en la nuca.
— Por favor, Leticia —dijo Enrique, sacando un pañuelo para limpiarse una mancha imaginaria en la manga— Es solo agua y pintura oscura. Parece el trabajo de alguien que ha perdido el juicio, no el de una futura Señora Saldívar. Tu hija debería entender de una vez por todas que ya no puede seguir jugando a pintar como si estuviera en el jardín de infantes. Este tipo de exhibiciones son para gente que necesita ganarse la vida, no para una Valente.
En ese momento, Matilde se acercó a ellos. Al ver a su madre frente a su obra, una pequeña chispa de esperanza se encendió en su pecho, luchando contra el miedo paralizante de ser rechazada.
— ¿Qué te parece, mamá? —preguntó Matilde con voz temblorosa, buscando desesperadamente una validación que llevaba años esperando.
Leticia se giró hacia ella con lentitud. En sus ojos, Matilde vio algo que la dejó muda: un destello de orgullo genuino, una grieta real en la máscara de hierro que su madre siempre portaba.
Matilde no dijo nada más. Sabía que iniciar una discusión frente a los críticos y la aristocracia sería el fin de su carrera antes de empezar. Guardó silencio, pero en su interior, algo se rompió definitivamente. Observó a Enrique, con su rostro enrojecido por su arrogancia, y se preguntó con una angustia punzante cómo había podido seguir al lado de un hombre así durante tantos años. ¿Cómo había permitido que el miedo de su padre y la obsesión de su madre por el linaje la encadenaran a un ser tan vacío?
Miró a su madre, esperando que Leticia dijera algo, que la defendiera, que pusiera a Enrique en su lugar tras haber reconocido su talento. Pero Leticia bajó la mirada, ajustándose los guantes, volviendo a su papel de cómplice silenciosa. El dolor de esa traición materna fue casi peor que las palabras de Enrique.
— Continuemos —le dijo Enrique a Leticia, tomándola del brazo con brusquedad— En este lugar debe haber alguna pintura que valga la pena comprar, algo que tenga valor real y no solo pretensiones. Vámonos de este rincón deprimente.
Leticia no dijo nada. No miró a Matilde a los ojos. Simplemente se dejó guiar por su yerno, siguiendo sus pasos hacia las obras más convencionales del salón. Matilde se quedó sola frente a su mar embravecido, sintiendo que ella misma era esa pequeña luz que luchaba por no ser devorada por la oscuridad de su propia familia.

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