CAPÍTULO 31
Desde el momento en que sus tacones resonaron en el hall de entrada, Elena empezó su búsqueda. Sus ojos escanearon la multitud, buscando la silueta de Augusto de la Vega. Finalmente, lo divisó en la distancia, parado cerca de una de las grandes columnas, con Carlos a su lado, ambos con la misma expresión de fría observación.
Caminó hacia ellos, tejiendo su camino entre los grupos de invitados. Cuando llegó a pocos metros, se detuvo, dejando que su presencia fuera detectada antes de hablar.
— Augusto —dijo ella, con una voz que era pura seda y que resonó lo suficiente para que él la escuchara por encima del murmullo— ¿También tú por aquí?
Augusto se giró con lentitud exasperante. Sus ojos, que antes estaban fijos en algún punto distante del salón, ahora se posaron en ella. La frialdad de su mirada no se desvaneció, pero Elena sintió una punzada de satisfacción al ver un leve atisbo de sorpresa en sus ojos oscuros.
— Elena —respondió él, con un tono que no denotaba ni alegría ni enfado, solo una calculada indiferencia— Pensé que no te interesaba el arte.
Elena se rió, una risa baja y melodiosa.
— Por supuesto que no me interesa el arte, Augusto. Me interesa el poder. Y esta noche, toda la ciudad está aquí para demostrar el suyo. Habrá una gran subasta, no solo de cuadros, sino de prestigio. No podía perdérmelo.
Carlos, que hasta ese momento había permanecido en silencio, intervino.
— Tu amiga Clara vino con nosotros, Elena. Supongo que te lo comentó.
Elena se permitió una sonrisa.
— Sí, claro. Me alegró mucho saber que la habías llevado contigo —dijo ella, enviando un mensaje velado a Augusto.
Augusto la miró, entrecerrando los ojos. Sabía muy bien por qué Elena no había venido con ellos. Él no la quería allí, en su espacio personal.La rabia que Matilde le había provocado hacía apenas unos minutos, al verla con Enrique, seguía quemándole las venas. Necesitaba un arma, una distracción. Y Elena, en ese momento, era la mejor que tenía a mano.
Sus ojos escanearon la sala, y allí la encontró. Matilde Valente estaba parada frente a su cuadro, con Enrique Saldívar a su lado, susurrándole algo al oído y sonriendo con una suficiencia que a Augusto le revolvió el estómago. Enrique la tocaba, la poseía, y Matilde no hacía nada por apartarse. La rabia, el celo y el resentimiento se agolparon en su pecho.
«¿Tan poco valió lo nuestro?», pensó Augusto, sintiendo que la humillación volvía a ahogarlo.
Sin decir una palabra, Augusto extendió su mano y la tomó del brazo. No fue un gesto suave; fue una toma firme, casi posesiva, que sorprendió a Elena.



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Comentarios
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