Capítulo 305
CAPÍTULO 221
Fueron a comer a un restaurante pintoresco a orillas del mar.
Se comportaron como dos enamorados a los que no les importa nada, sumergidos en la normalidad de lo extraordinario que era estar juntos sin miedo.
Pidieron mariscos frescos y vino blanco. La brisa marina jugaba con el cabello de Samanta, y Mateo no podía dejar de mirarla.
- Es extraño -comentó Samanta, jugando con un trozo de pan, mirando a su alrededor- Todo esto.
La luz del sol, la gente comiendo, el mar. Hace años que no salgo de la ciudad de día. Mi vida se había convertido en un ciclo de madrugadas y habitaciones a oscuras.
Mateo se inclinó sobre la mesa, buscando su mirada.
- No tienes que volver a esa oscuridad, Samanta.
Si no quieres.
Ella bajó la vista hacia su copa de vino. La sombra 1/7
Ceruo 305
de Héctor y las deudas acechaban siempre en los bordes de su mente, incluso en ese paraíso temporal.
- No es tan sencillo, Mateo. Tú conoces mi mundo desde fuera. Pero las raíces que me atan ahí son profundas. Mi padre...
- Ese hombre no es tu padre -la interrumpió Mateo, con una firmeza que no admitía réplica, recordando la violencia del pasillo del club- Un padre protege. Él te explota. Te usa como cebo.
- Pero me crio. Cuando mi madre murió, él fue el único que no me dejó en la calle. Y yo le debo... le debo mucho. Es una deuda que no se borra huyendoa la playa. Si desaparezco, él me encontrará. Y si no me encuentra a mí... irá por ti o por tu familia. Sé de lo que es capaz.
Mateo extendió su mano sobre la mesa y cubrió la de ella, entrelazando sus dedos con fuerza.
- Escúchame bien. No le tengo miedo a ese tipo.
Lo que sea que le debas, lo solucionaremos. Yo tengo los medios. Y si no quieres que use mi dinero, usaré los abogados de la empresa.
Encontraremos la forma de sacarlo de tu vida legalmente.
Samanta lo miró, conmovida por su determinación, pero asustada por su ingenuidad ante el mundo de Héctor.
Samanta lo miró, profundamente conmovida por su determinación, pero al mismo tiempo asustada por su ingenuidad ante el inframundo al que ella pertenecía.
- Para Héctor no hacen falta papeles, Mateoinsistió ella, tocándole suavemente la mejilla sana, cerca del ojo morado, un recordatorio físico de las reglas de su mundo- Sus reglas se escriben con golpes. No quiero que salgas herido de nuevo por mi culpa. Ya pasaste por eso por intentar defenderme. No lo soportaría otra vez.
- Fue solo una pelea -desestimó Mateo, restándole importancia a las heridas punzantes en sus costillas, dándole un beso cálido y reconfortante en la palma de la mano que le acariciaba el rostro- Y gané yo. Porque te tengo aquí, frente a mí, a plena luz del día. Y eso, Samanta, vale cualquier golpe que puedan darme.
La intensidad de sus palabras y la devoción absoluta en sus ojos hicieron que Samanta sonriera de verdad, rindiéndose, al menos por ese momento, a la magia y la seguridad que él le ofrecía.
- Eres muy terco, ¿lo sabías? -le dijo ella, negando con la cabeza- Eres un de la Vega caprichoso que no acepta un "no" por respuesta.
- Soy un Flores obstinado-corrigió él con orgullo evidente, reivindicando la parte de su identidad que más valoraba- Heredé la terquedad de mi madre, de Lucía. Ella me enseñó que cuando sabemos lo que queremos, cuando sabemos que algo vale la pena, no nos detenemos ante nada. Ni ante apellidos, ni ante deudas falsas. Y yo te quiero a ti, Samanta. Te quiero libre.
Se miraron en silencio, compartiendo un entendimiento profundo que trascendía los orígenes de ambos. La marea subía a lo lejos, marcando el ritmo de la tarde, borrando la línea entre la arena y el agua.
-¿Y qué quieres hacer ahora? -preguntó Mateo, rompiendo la intensidad del momento con un guiño juguetón, volviendo a su faceta de turista enamorado- Ya firmamos los papeles aburridos de la empresa y ya compramos ropa normal. El día es completamente nuestro.
Samanta miró hacia el muelle, donde un grupo de turistas abordaba una pequeña y colorida embarcación para recorrer la bahía, riendo sin preocupaciones.
- Quiero caminar por la arena -dijo ella, con una sonrisa que le iluminó el rostro entero, borrando cualquier rastro de la bailarina nocturna- Quiero quitarme estas sandalias nuevas, quiero sentir el agua fría en los pies, que el viento me despeine y no quiero pensar en el lunes.
- Concedido, mi señora -dijo Mateo, levantándose con agilidad a pesar de sus contusiones y ofreciéndole el brazo con una caballerosidad exagerada.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.