CAPÍTULO 33
— Todo está según lo previsto, Augusto —susurró Carlos, ajustándose los gemelos de su camisa— Los Saldívar están en el ala norte, junto con la familia Valente. También están los Mendoza, los herederos de las minas del sur, y el embajador. Todos han venido a ver y a ser vistos.
Augusto asintió levemente, su mirada recorriendo la sala sin detenerse en nadie.
— ¿Qué hay de las piezas? —preguntó Augusto con voz plana.
— Hay varias obras de renombre. Un par de bodegones de la escuela flamenca que ya han despertado el interés de los coleccionistas privados. Pero la verdadera joya, la que ha atraído a los peces gordos, es un lienzo del Renacimiento tardío que se ha mantenido oculto en una colección privada durante décadas: “El sacrificio de Isaac”. Dicen que es la pieza central de la subasta. Todos esperan que los Saldívar o tú pujen por ella para demostrar quién tiene el cofre más profundo.
Augusto escuchaba a Carlos, pero su mente estaba en otra parte.
— Olvida el Renacimiento por un momento, Carlos —dijo Augusto, su voz bajando de tono— Mantén un ojo en las ofertas preliminares. No dejes que Enrique se sienta demasiado cómodo con su chequera.
En ese momento, Elena Duval apareció como una ráfaga carmesí, aferrándose al brazo de Augusto con una posesividad que él toleraba con una indiferencia gélida. Elena estaba en su elemento, disfrutando de las miradas de envidia y curiosidad que su presencia despertaba.
— Augusto, querido, deja de hablar de negocios con Carlos por un minuto —exclamó Elena, tirando de su brazo hacia el centro del salón— Mira esa figura de mármol allí. Es exquisita, representa la victoria. Sería una adición excelente para la entrada de tu nuevo hotel en la capital. Deberías comprarla. Sería el comentario de toda la ciudad.
Elena señalaba una escultura blanca, pulida y perfecta, pero para Augusto no era más que una piedra fría y sin vida. Sus ojos se habían desviado hacia una esquina del salón, hacia un lienzo que parecía absorber toda la luz y la oscuridad del recinto.
Sin decir una palabra, Augusto se soltó del agarre de Elena con una suavidad que resultó más hiriente que un empujón. Caminó hacia el cuadro del mar tormentoso. A medida que se acercaba, el ruido de la multitud, las risas de Enrique y los comentarios técnicos de los críticos desaparecieron. El mundo se redujo a ese marco de madera y a la pintura que contenía.
Se detuvo frente a la obra. El impacto fue físico, como un golpe en el estómago que le robó el aliento. Augusto reconoció el momento al instante. No era solo un paisaje marino; era su mar.
Cada trazo violento de blanco representaba la desesperación de sus palabras de aquella madrugada, y los azules profundos eran el reflejo exacto de la soledad que Augusto sentía cada noche en la inmensidad de su suite de lujo. Matilde no había pintado un cuadro para la facultad; había pintado su secreto. Había gritado sobre el lienzo que ella también seguía atrapada en esa playa.
— Augusto, por Dios, vámonos a la zona de retratos —la voz de Elena rompió el hechizo, llegando a su lado con un gesto de fastidio— Aquí hace demasiado calor y este cuadro es demasiado deprimente. Parece el trabajo de alguien que ha perdido la razón. Nadie querría ver algo así al despertar en su casa. Es… angustiante.


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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.