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Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí. romance Capítulo 445

CAPÍTULO 34

El momento de la subasta llegó. El salón central se llenó de sillas dispuestas frente a un pequeño estrado donde un martillero de voz engolada presidía el evento. Matilde estaba sentada en la primera fila, con Enrique a un lado y su madre al otro. Augusto se encontraba al fondo, de pie, con los brazos cruzados y una expresión que no permitía lectura alguna.

— Y ahora, la obra número 42 —anunció el martillero— "Luz en la tormenta", de la señorita Matilde Valente. Una pieza de una fuerza inusual. Iniciamos la puja en cien dólares.

Todas las miradas se dirigieron a Enrique Saldívar. Se esperaba que el prometido hiciera una oferta generosa para validar el talento de su futura esposa. Era una formalidad, un gesto de caballerosidad.

Enrique se levantó con una sonrisa burlona, mirando a Matilde con una crueldad que hizo que ella bajara la vista. Quería humillarla públicamente por su resistencia de los últimos años, por sus estudios y por su altivez.

— Dos dólares —dijo Enrique, con una voz lo suficientemente alta para que todo el salón lo escuchara.

Un murmullo de horror recorrió la sala. Fue un insulto público, una bofetada a la dignidad de Matilde y de los Valente. Leticia palideció y Rodolfo, sentado cerca, cerró los ojos de vergüenza. Matilde sintió que el mundo se desmoronaba.

— ¿Dos dólares? —preguntó el martillero, incrédulo.

— Eso es lo que vale para mí —repitió Enrique, riendo— Y dudo que alguien más quiera esa basura en su salón.

El silencio fue absoluto. Pero entonces, una voz surgió del fondo de la sala. Una voz cargada de un poder que hizo que Enrique se girara bruscamente.

— Diez mil dólares —dijo Augusto de la Vega.

El salón estalló en susurros frenéticos. Era una cifra astronómica, el valor de una propiedad pequeña. Matilde se giró, con los ojos abiertos de par en par, encontrando la mirada de Augusto. Él no la miraba con amor, sino con una determinación implacable.

Enrique se puso rojo de furia.

— ¡Esto es absurdo! De la Vega, no interrumpa un asunto familiar.

— A la una… a las dos… ¡Vendido al señor De la Vega por cincuenta mil dólares! —gritó el martillero, golpeando el mazo con una fuerza que pareció sellar el destino de los presentes.

Matilde estaba en estado de shock. Clara, que se había acercado a ella entre la multitud, le tomó la mano con fuerza.

— Matilde, tu cuadro acaba de venderse por el valor de una casa… es una locura absoluta. Nadie ha pagado nunca algo así en esta facultad.

— Es una locura… —susurró Matilde, sin apartar la vista de Augusto.

Augusto caminó hacia ella, ignorando a Enrique, que bufaba de rabia a su lado. Se detuvo a escasos centímetros de Matilde. Elena Duval, al fondo, hervía de celos al ver cómo su "inversión" se le escapaba de las manos por una pintura.

— Ahora es mío, Matilde —dijo Augusto, con una voz que solo ella pudo oír— La tormenta, la luz y todo lo que pusiste en ese lienzo. Me pertenece.

Matilde lo miró, y por un segundo, a pesar de la humillación de Enrique y del caos en la sala, sintió que Augusto acababa de comprar mucho más que un cuadro.

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