CAPÍTULO 29
— Vaya, Clara. Parece que te has tomado muy en serio tu papel de confidente —comentó Elena, volviendo al espejo con un deje de envidia— Estás deslumbrante. Supongo que Carlos ha tenido algo que ver con esa nueva luz en tus ojos.
Clara se acercó, ajustándose los guantes. Su voz, antes sumisa y dubitativa, sonaba ahora con una seguridad que incomodó a la actriz.
— Me estoy preparando para la exhibición, Elena. Al igual que tú. Pero he venido a decirte algo importante sobre la logística de esta noche.
Elena arqueó una ceja, dejando el labial sobre el tocador.
— ¿Logística? Solo tenemos que subirnos al coche de Augusto y hacer nuestra entrada triunfal. Quiero que Matilde nos vea llegar juntos, que entienda que ella es el pasado y yo el presente absoluto.
Clara suspiró, caminando por la habitación con una inquietud que no lograba ocultar.
— Ese es el problema, Elena. No habrá nuestra entrada. Acabo de hablar con Carlos. Él pasará a recogerme en unos minutos. Voy a ir en el coche con él… y con Augusto.
Elena se quedó paralizada. El silencio en la habitación se volvió denso, interrumpido solo por el tic-tac de un reloj de mesa. Se giró lentamente, con la mirada encendida por una furia fría.
— ¿Qué has dicho? ¿Vas a ir en el coche con Augusto? ¿Y yo? Se supone que soy su acompañante oficial. Carlos debería haber enviado un coche por mí hace media hora.
— Elena, escúchame bien porque no te va a gustar lo que tengo que decirte —dijo Clara, acercándose a su amiga y tomándola por los hombros—. Augusto no te quiere en ese coche. De hecho, fue muy claro con Carlos.
— ¡Es una humillación! —exclamó Elena, zafándose del agarre— ¡Soy su pareja ante la sociedad! ¿Cómo pretende que llegue? ¿En un taxi como una cualquiera?
— Llegarás en un coche privado que Carlos ya ha reservado para ti —explicó Clara con paciencia— Pero tienes que entender la realidad, Elena. Augusto no te quiere cerca de él. El propio Carlos me lo ha confesado.
Elena apretó los puños, sintiendo que el control de la situación se le escapaba de las manos.
— Tú estás de su lado ahora, ¿verdad? De Carlos. Te has dejado convencer por ese asistente y ahora me das lecciones de prudencia.
—Esa es la Elena que conozco —asintió Clara, aliviada—
Clara se dirigió hacia la puerta, deteniéndose antes de salir.
— Carlos llegará en cualquier momento. Te veré allí, Elena. Y por favor… no hagas nada de lo que te arrepientas. Augusto de la Vega es un hombre peligroso.
Cuando Clara salió, Elena se quedó sola en el camerino. Se sirvió una copa de jerez y la bebió de un trago. Miró la invitación de la exhibición que descansaba sobre su tocador. Sabía que Matilde Valente no era solo una pintora; era la mujer que habitaba las pesadillas y los deseos de Augusto. Pero Elena no estaba dispuesta a ser un capítulo secundario en la vida de nadie.
—Disfruta de tu coche y de tu silencio, Augusto —susurró Elena al aire vacío—. Pero esta noche, cuando veas a Matilde frente a sus cuadros, te darás cuenta de que las sombras del pasado no pueden competir con la luz que yo puedo darte.
Elena se levantó, tomó su abrigo de piel y se preparó para su gran entrada.
— Que empiece la función —sentenció Elena, cerrando la puerta de su habitación tras de sí— Y que gane la mejor mujer.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.