Capítulo 33
Alexander no se movió. La miró con calma.
- Sí.
- Es un día y un día -replicó ella, intentando establecer una negociación-. Anoche dormiste en el sofá. Hoy te toca la cama, pero... eso significa que yo voy al sofá.
- Como quieras -dijo él, encogiéndose de hombros sin levantarse-. Si quieres dormir en el sofá, eres libre de hacerlo. Pero te advierto que mi espalda todavía cruje. Es una tortura medieval disfrazada de mueble de diseño.
Lucía miró el sofá. Luego miró la cama.
Estaba agotada. Le dolían los pies de usar tacones, le dolía la cabeza de llorar bajo la ducha por culpa de Fernando, y le dolía el alma. La idea de intentar dormir en ese cuero frío y resbaladizo le parecía insoportable.
- No -suspiró ella, derrotada-. Me voy a dormir al sillón.
- Lucía, no seas ridícula -dijo Alexander, con voz cansada pero suave-. La cama mide dos metros de ancho. Podríamos dormir con una trinchera en medio y ni siquiera nos tocaríamos. Suficiente con un día de mártires. Ven a dormir.
Lucía lo dudó. Pero el cansancio pesaba más que el orgullo o la prudencia.
- Si cruzas la línea invisible de la mitad, te empujo -advirtió ella.
-Trato hecho.
Lucía apagó la luz principal y se metió en el lado izquierdo de la cama. El colchón se hundió suavemente bajo su peso. La sábanas estaban frescas y olían a lavanda.
Se quedaron en silencio en la oscuridad. Ninguno de los dos se tocaba, pero la electricidad estática entre sus cuerpos era palpable. Alexander podía oír la respiración de ella; Lucía podía oír la de él.
Ninguno de los dos podía dormir.
Las imágenes de la noche daban vueltas en sus cabezas.
- Mañana... ¿a qué hora te vas? -preguntó Alexander de repente, rompiendo el silencio. Su voz sonó ronca en la oscuridad.
Lucía se giró sobre su espalda, mirando el techo que no podía ver.
- Temprano. Tengo que ir a la clínica a las siete.
Tengo que revisar al gatito que operé antes de la fiesta.
- ¿Estás investigando mis cuentas?
-Soy tu esposo, Lucía. Y soy economista. Los números son mi idioma. -Alexander ignoró el reproche-. ¿Por qué? ¿Por qué no has utilizado la mensualidad que te he transferido todos los meses durante diez años? Es una fortuna. Podrías haber vivido en un ático, podrías haber viajado, podrías haberte comprado ese coche. ¿Por qué pedir un préstamo al banco para tu clínica y pagar intereses cuando tenías mi dinero ahí, juntando polvo?
- Porque no lo necesito -respondió ella finalmente, con una dignidad tranquila-. Y porque nunca quise ser una "esposa mantenida". Yo me mantengo sola, Alexander. Mi clínica la pagué yo, con mi sudor y mi riesgo. Mi ropa la pago yo. Mi comida la pago yo. Acepté que pagaras mis estudios porque ese fue el trato original: mi firma por un título. Pero todo lo demás... todo lo demás es mío.
Se giró para mirarlo a los ojos, aunque en la oscuridad solo veía el brillo de sus iris grises.
- Nunca ocupé un patrocinador, Alexander. Ni antes, ni ahora.
Alexander se quedó sin palabras.
No respondió más. No había nada más que decir.
Poco a poco, el ritmo de sus respiraciones se acompasó. El cansancio venció a la tensión.
Y así, en la misma cama pero separados por un abismo de diez años de desconocimiento, el millonario y la veterinaria se quedaron dormidos.

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