Capítulo 37
Lucía subió al coche. El interior olía a cuero nuevo.
Mientras el vehículo arrancaba y se deslizaba por el camino de entrada, Lucía tomó una decisión impulsiva. Necesitaba dulzura.
- Martínez-llamó-. Antes de ir a la clínica, necesito hacer una parada.
- Usted dirá.
-¿Conoce la panadería "El Sol", la que está cerca de la avenida central?
- Sí, señora.
- Pase por ahí. Necesito comprar donas. Muchas donas. Las de glaseado de colores y las rellenas de dulce de leche. Son las preferidas de mis niños.
Martínez la miró por el retrovisor, sorprendido por la petición tan doméstica, pero asintió.
- Entendido.
Veinte minutos después, el coche de lujo se estacionaba frente a un edificio antiguo de ladrillo visto con un cartel desgastado que rezaba: Hogar de Niños Santa María.
-¿Necesita que la acompañe adentro? - preguntó Martínez, escaneando el perímetro.
- No, gracias. Pero ayúdeme a bajar las cajas, por favor. Son trece docenas.
El chofer le ayudó a bajar las cajas de donas y las dejó en la entrada. En cuanto Lucía cruzó la reja del patio, el tiempo se detuvo. Era la hora del recreo.
Como Lucía lo imaginó, los niños se alegraron mucho al verla, pero hubo uno en particular cuya reacción le estrujó el corazón.
Mateo, un niño de cinco años con el cabello revuelto y las rodillas siempre raspadas, dejó la pelota de fútbol y salió corriendo a su encuentro como un torpedo.
-¡Lu! -gritó, estrellándose contra sus piernas.
Lucía se agachó y lo envolvió en sus brazos, aspirando el olor a niño, a tierra y a jabón barato.
-¡Lu, al fin llegas! -decía Mateo contra su cuello -. Te extrañé mucho. Alina dijo que estabas salvando a un perro gigante.
Sofía, su hermana melliza, más tímida pero igual de cariñosa, se acercó despacio y se unió al abrazo.
- Yo también los extrañé mucho, mis amores - susurró Lucía, con los ojos llenos de lágrimas contenidas-. Perdón por no venir ayer.
Se abrazaron los tres en medio del patio, formando una pequeña isla de amor en medio del caos. Para Lucía, este era su verdadero hogar. No la mansión, no la suite de lujo. Esto.
Repartieron las donas. Las caras de los niños manchadas de azúcar y chocolate eran el mejor bálsamo para su alma.
Mientras veía a Mateo comer con entusiasmo, Lucía tomó una decisión.
- Este fin de semana -se prometió a sí misma en voz baja-, no sé cómo lo voy a hacer, pero los voy a llevar a algún lado. Al zoológico, o al parque de diversiones. Lejos de aquí y lejos de mi "marido".


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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.