CAPÍTULO 68
Carlos caminaba con un paso ligero; la satisfacción de haber sido testigo de la unión de su mejor amigo y el alivio de haber cerrado un ciclo de amargura le daban una energía renovada.
En cuanto sus ojos recorrieron la estancia y divisaron a Clara sentada en uno de los divanes de terciopelo de la recepción, su corazón dio un vuelco. Ella no se veía como la novia radiante que él esperaba encontrar. Estaba encogida, con las manos apretando un pañuelo de encaje y la mirada fija en un punto inexistente del suelo de mármol.
Carlos salió corriendo a su encuentro, ignorando las miradas de los huéspedes.
— ¡Cariño! —exclamó él, llegando a su lado. Se inclinó y le dio un beso en la mejilla, notando que su piel estaba gélida— No esperaba verte aquí tan temprano. ¿Qué sucede?
Clara alzó la vista. Sus ojos, habitualmente brillantes, estaban empañados por una bruma de tristeza que Carlos no supo interpretar.
— Hola, Carlos —susurró ella, con una voz que apenas era un hilo.
— Ven, sube conmigo —dijo él, tomándola de la mano para ayudarla a levantarse— Este no es lugar para hablar. Tengo noticias que te dejarán sin aliento.
Subieron en el ascensor en silencio. Carlos le apretaba la mano, intentando transmitirle un calor que ella parecía rechazar instintivamente. Al entrar en la suite, Carlos dejó su maletín sobre la mesa y se dirigió directamente al mueble bar. Se percató de que a Clara le sucedía algo grave; su palidez era extrema y sus movimientos eran erráticos.
Sirvió dos copas de jerez y le pasó una a ella.
— Bebe esto, te hará bien —dijo Carlos con ternura. Se sentó a su lado en el sofá—.Tengo que contártelo antes de que la ciudad empiece a susurrarlo. Augusto y Matilde se han casado.
Clara se quedó paralizada, con la copa a medio camino de los labios. El líquido tembló en el cristal.
— ¿Casado? —preguntó ella, parpadeando con incredulidad— Pero… ¿cómo? ¿Tan rápido organizaron la boda?
Carlos soltó una risa triunfal, bebiendo un sorbo de su copa.
— Augusto decidió que no quería esperar ni un minuto más a que los buitres se acercaran. Fue una ceremonia privada, íntima. Solo estuvimos presentes los testigos y los novios. Teresa, la amiga de Matilde, y yo. Firmaron los papeles esta mañana y ahora ya están instalados en su nueva casa, fuera de la ciudad.
Carlos suspiró, acariciando el cabello de Clara.
— Perdón, cariño. No hubo tiempo de invitarte. Fue todo tan precipitado que apenas tuvimos margen para avisar al juez. Pero no te preocupes —añadió, tomando su mano y fijando la vista en el zafiro que él mismo le había regalado—, nosotros nos casaremos con más vítores. No quiero una boda simple y secreta para nosotros. Te mereces todo: una fiesta inmensa, un vestido que sea la envidia de la ciudad y que todo el mundo sepa que eres mi esposa.
Clara no pudo contenerse más. Al escuchar las promesas de futuro de un hombre al que acababa de traicionar, su resistencia se quebró. Soltó un sollozo desgarrador y empezó a llorar, cubriéndose el rostro con las manos libres. Los hombros le temblaban violentamente.
— ¿Qué sucede, Clara? —preguntó Carlos, alarmado, dejando su copa en la mesa y rodeándola con sus brazos— ¿Es todo muy rápido? ¿Te asusta el matrimonio? No llores, haremos lo que digas. Si quieres una boda pequeña, así será. Si quieres esperar un año, esperaremos. Solo quiero verte feliz.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.