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Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí. romance Capítulo 486

CAPÍTULO 75

Enrique Saldívar estaba sentado frente al abogado, impaciente, jugueteando con un encendedor de oro.

— Dígame, Guzmán —presionó Enrique— ¿Es suficiente? ¿Podemos hundirlo con esto?

Guzmán dejó los papeles sobre la mesa y se quitó las gafas, limpiándolas con un paño de seda. Su sonrisa era gélida.

— Señor Saldívar, las leyes son como la seda: se pueden tensar y moldear si uno sabe qué hilos tirar. Estos documentos son legítimos, pero la legitimidad es una cuestión de perspectiva ante un juez. Arthur Thorne es un sobrino de sangre. Augusto de la Vega es un extraño. Si logramos "ajustar" un par de testimonios sobre el estado mental de Julian Thorne en sus últimos días en el extranjero, y si logramos que parezca que De la Vega usó coacción o promesas falsas... entonces sí, podemos impugnar la herencia entera.

— Quiero que sea una estocada final —siseó Enrique—. No solo quiero el dinero en litigio. Quiero a ese hombre en una celda por fraude internacional. Quiero que Matilde vea cómo su gran héroe se convierte en un criminal común.

— Para lograr eso, Enrique, necesitamos algo más que el testimonio de un sobrino codicioso como Arthur —advirtió Guzmán, inclinándose hacia adelante—. Necesitamos testigos de peso. Gente que tenga un nombre en esta ciudad y que pueda declarar que Augusto de la Vega es un hombre manipulador, alguien que ya tenía una conducta sospechosa antes de irse. Necesitamos gente que lo conociera cuando no era nadie.

Enrique sonrió, y en sus ojos brilló la chispa de la victoria más sucia.

— No se preocupe por eso, Guzmán. Ya tengo a los testigos ideales. Sus propios suegros.

— Y una cosa más, Guzmán. No quiero tener nada que ver en este litigio ni quedar salpicado por sus consecuencias legales. Solo estoy actuando como un simple intermediario entre Arthur Thorne y usted —dijo Enrique con frialdad, lavándose las manos de manera explícita mientras acomodaba el cuello de su saco.

El jurista dibujó una sonrisa calculadora, apoyó las palmas de las manos sobre el escritorio de caoba y lo miró fijamente a los ojos antes de romper el tenso silencio de la oficina.

— Mantener la discreción y borrar su nombre de este asunto tendrá otro precio bastante elevado, señor Saldívar —afirmó el abogado.

Una hora más tarde, el coche de Enrique se detenía frente a la mansión Valente.

Entró con la carpeta de Guzmán bajo el brazo y una determinación que heló la sangre de los Valente.

— Enrique, por favor... —empezó Leticia, levantándose con el rostro demudado— Ya nos hemos enterado de la boda secreta. Todo es un desastre. Mi hija se ha vuelto loca.

— Su hija es la esposa de un estafador, Leticia —cortó Enrique con una dureza implacable— Pero he venido aquí para ofrecerles una última oportunidad de salvar lo poco que queda de su honor.

Rodolfo, que permanecía hundido en su sillón, alzó la vista.

— ¿Qué quieres de nosotros, Enrique? Ya te hemos pagado la deuda. De la Vega compró cada uno de nuestros pagarés. Ya no tenemos nada que ver contigo.

Enrique soltó una carcajada que resonó con crueldad en las paredes del salón.

— El dinero no los hace libres, Rodolfo. Guzmán, mi abogado, ya tiene lista la querella criminal contra Augusto por el fraude que cometió hace unos años atrás. El verdadero heredero está aquí para reclamar lo que le corresponde. Augusto va a ir a la cárcel, y todas sus propiedades serán confiscadas. Pero para que el juez dicte la orden de arresto inmediata, necesito sus declaraciones.

— ¿Nuestras declaraciones? —balbuceó Rodolfo— Nosotros no sabemos nada de los negocios de ese hombre en el extranjero.

Capítulo 486 1

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