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Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí. romance Capítulo 169

Capítulo 169

La visita a la habitación de los abuelos se había extendido por más de una hora.

Augusto De la Vega, el hombre que había hecho temblar a competidores con una sola cejа levantada y que rara vez mostraba paciencia con nadie menor de cuarenta años, estaba sentado al borde de su sillón enseñándole a Mateo cómo funcionaba el mecanismo de cuerda de su reloj de bolsillo antiguo. Matilde, por su parte, le había ofrecido a Sofía una caja de galletas de mantequilla y escuchaba con atención fascinada las historias de la niña sobre sus muñecas.

- Son encantadores, Lucía -susurró Matilde, aprovechando un momento en que los niños reían con Augusto por un truco de magia fallidoTienen luz. Esta casa necesitaba ruido de zapatos pequeños corriendo por los pasillos.

- Gracias, Matilde. Tenía miedo de que... bueno, de que fuera demasiado alboroto para ustedes - confesó Lucía, aliviada.

- Tonterías. Lo único que es demasiado es el silencio. -Matilde se levantó con una energía renovada y caminó hacia un armario alto de madera tallada-. Y hablando de mirar hacia arriba y soñar... Augusto y yo tenemos un regalo de bienvenida.

Matilde sacó una caja alargada, pesada y envuelta en papel de regalo azul noche.

- ¡Un regalo! -gritó Sofía, aplaudiendo y dejando caer una miga de galleta.

- ¡Para nosotros! -se sumó Mateo, acercándose con curiosidad.

Augusto sonrió.

- Ábranlo. Es para que aprendan a mirar más allá de los muros de este jardín.

Los niños rasgaron el papel con entusiasmo.

Cuando la caja de cartón quedó expuesta, Mateo reconoció la imagen al instante.

- ¡Un telescopio! -gritó, con los ojos brillando como dos lunas llenas.

- Para que miren las estrellas -dijo Augusto-. Y para que recuerden que el mundo es mucho más grande que esta casa o que cualquier problema que tengan.

La emoción de los niños fue incontenible.

Obviamente, querían probarlo ya mismo. No importaba que no supieran ni dónde estaba el Norte, ni que jamás hubieran visto uno en persona; querían ver la Luna, Marte y, si era posible, a los alienígenas de la película que habían visto en el apartamento de Lucía.

- El cuarto de Alexander y Lucía tiene el mejor balcón de la casa -decretó Augusto, señalando hacia el techo-. Está orientado al sur y no tiene la contaminación lumínica de las luces del jardín delantero. Llévenlo allí.

Alexander cargaba la caja pesada, sintiendo el peso físico de la paternidad improvisada, Lucía Ilevaba el trípode y los niños saltaban alrededor como satélites en órbita, haciendo preguntas sobre astronautas.

Al llegar a la suite, cruzaron la habitación principal -ahora invadida por la presencia infantil en la sala anexa- y salieron al amplio balcón. La noche estaba despejada, un lienzo de terciopelo negro salpicado de puntos brillantes. Era la noche perfecta.

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