Capítulo 8
CAPÍTULO 7
Alexander conducía el Maybach con una concentración feroz, sus nudillos blancos apretados sobre el volante de cuero. Lucía miraba por la ventanilla, viendo pasar una ciudad que despertaba, ajena al terremoto que acababa de sacudir su vida.
El aroma de la colonia de Alexander -una fragancia cara y masculina que olía a poderIlenaba el espacio, asfixiándola. Era un recordatorio constante de que, por primera vez en diez años, él había traspasado las fronteras de su mundo cuidadosamente construido.
Finalmente, cuando estaban a pocas calles de la clínica, él rompió el silencio. Su voz era controlada, pero había un filo de impaciencia en ella.
- Después de esa famosa cirugía tuya -dijo, con un toque de sarcasmo que no pasó desapercibido -, ¿qué más tienes que hacer hoy, querida?
Lucía se giró lentamente, sus ojos verdes encontrándose con los grises de él en el espejo retrovisor.
- Tengo pacientes citados hasta las siete. Luego tengo que revisar los informes, hacer pedidos de suministros y cerrar la contabilidad. La clínica cierra a las ocho de la noche. Mi día termina a las nueve, si tengo suerte.
Alexander soltó una risa corta, incrédula.
- Hoy no -sentenció, como si fuera una verdad universal.
-¿Por qué no? -desafió ella, sintiendo cómo la ira comenzaba a hervir bajo su piel-. Mis pacientes no entienden de dramas familiares. Sus dueños confían en mí.
- Porque tenemos que prepararnos. Tenemos que conocernos -dijo él, girando el volante para entrar en la calle de ella-. Tenemos diez años de historia matrimonial que inventar en diez horas. Y, francamente, deberías ir pensando en encontrar a una persona que se haga cargo de tu clínica por un tiempo.
Lucía sintió como si le hubieran echado un balde de agua helada.
- ¿Disculpa? Nadie se va a hacer cargo de mi clínica. La dirijo yo. Punto.
- Lucía, no entiendes la situación. -Alexander detuvo el coche frente a la casa, pero no apagó el motor-. La dinámica ha cambiado. Hasta ayer, la Mansión De la Vega era solo eso, un mausoleo vacío. Pero desde el momento en que mi abuelo despertó, todo es diferente. Ahora todos viviremos allí.
La confusión se apoderó del rostro de Lucía.
- No lo entiendo. ¿Por qué deberíamos de vivir allí todos? ¿"Todos" quiénes? ¿Tus padres? ¿Tu primo con cara de buitre? ¿Están todos locos?
- Algo así -admitió él, pasándose una mano por el pelo, frustrado-. Mi abuelo es un patriarca a la antigua. Para él, la familia es un clan que vive bajo el mismo techo. Siempre ha sido así. Si él se muda a la Mansión para su recuperación, esperará que toda la familia principal esté allí para atenderlo y demostrar unidad. Y eso nos incluye a nosotros.
Principalmente a nosotros.
- Esto es de locos -murmuró ella, negando con la cabeza.
- Lo es. Pero no es el momento de discutirlo. Lo que importa ahora es que debemos pasar la tarde juntos. Necesito saber cosas de ti. Tu comida favorita, el libro que estás leyendo, de dónde sacaste la cicatriz que tienes en la ceja izquierda.
Detalles. Mi abuelo es un experto en detectar mentiras.
- Pues si quieres conocerme, ven aquí. Tengo una cirugía, pero después tengo consultas. Puedes sentarte en la sala de espera y leer una revista sobre pulgas y garrapatas.
Alexander la miró como si le hubiera salido una segunda cabeza.
- Tengo trabajo, Lucía. Dirijo un imperio multimillonario que no se detiene porque mi abuelo haya decidido resucitar.
- Y yo también -replicó ella, abriendo la puerta del coche-. Dirijo mi propio pequeño imperio. Con menos ceros, pero con más corazón.
Alexander suspiró, rindiéndose a la evidencia de que no ibaa poder doblegarla con una simple orden. Esta mujer era infinitamente más complicada que las modelos y herederas con las que solía tratar.
- Bueno. Está bien-cedió-. Ve a tu cirugía. Ya me comunicaré contigo para que nos veamos más tarde. Espero que tengamos unos días antes de que le den el alta. No puede ser tan rápido.
Lucía se detuvo antes de bajar, con un pie ya en la acera. Se giró para mirarlo, sus ojos verdes brillando con determinación.
- Una cosa más, Alexander, para que quede clara desde el principio. -Su voz era baja, pero cada palabra estaba cargada de acero-. Acepto mudarme contigo. Acepto cenar con tu familia y fingir que somos la pareja del año. Pero hay dos condiciones que no son negociables.
-Te escucho.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.