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El Rey Lycan y su Oscura Tentación romance Capítulo 688

NARRADORA

—¡Señorita Victoria! — al escuchar su voz se sobresaltó.

Parecía un amante que había sido pillado in fraganti.

Los labios de Meridiana se pegaron húmedos a su mejilla cuando giró el rostro.

Si Rousse pudiese ponerse colorado, estaría más rojo que un tomate.

—Esto… no es lo que parece…

—¿Ah, no? —Victoria no pudo evitar burlarse un poco de él.

Miraba con curiosidad a la mujer que ahora se separaba. Era linda.

—¿Me voy? ¿Necesitas tiempo a solas con tu novia?

—¡Ella no es mi novia! —incluso se defendió nervioso.

No quería que Meridiana lo malinterpretara.

—¿Ella quién es, Rousse? —la voz baja de la bruja le preguntó.

Sus manos se aferraron a la pesada capa como si tuviese miedo de que él la alejara.

Por alguna razón, estaba alerta y un poco amargada.

¿Quién era esa mujer que le hablaba con tanta confianza?

Rousse aprovechó para levantarla y tomar distancia.

—Es la Señorita Victoria. Trabajo para su familia y ella… es Meridiana, una hechicera —Rousse hizo las presentaciones medio incómodo.

Victoria no dejaba de darle esa mirada llena de burlas.

—Un placer conocerte, Meridiana —estiró la mano, pero la hechicera no le respondió.

Permanecía parada como un animalito dependiente al lado del fortachón general.

Rousse le hizo señas sutiles a los ojos de la chica.

Victoria entendió que no era un atuendo raro de bruja, sino que de verdad no podía ver.

Recogió la mano lentamente.

—Yo… me alegro también de conocerla.

Lo dijo tan renuente que la vampira casi se echa a reír.

Se notaba que no le hizo nada de gracia que interrumpiera su momento “amigable” con Rousse.

Muy interesante.

Victoria ni siquiera se enojó y admitía que su humor había mejorado bastante con este par.

—Bueno, entonces, como todos somos amigos, charlemos…

*****

—¿Estás segura de que los lobos tienen prisioneras a las hechiceras? —Victoria frunció el ceño.

Los tres estaban sentados alrededor del fuego.

—Cuando regresé a mi clan había un aroma a hombres lobo, pero también creo que vampiros… no estoy segura, mis sentidos… no son muy buenos.

Meridiana bajó la cabeza diciendo la verdad.

—¿Puedes quitar las restricciones al menos sobre nosotros? —Victoria buscaba una salida.

—Mi magia… es un poco extraña… no es buena como la de las otras brujas —agregó, mirando en dirección a Rousse.

En su mente, el general le contaba a Victoria lo que había visto del lobo moribundo.

¿Qué poder tenía esa chica?

—¿Revives también criaturas muertas? — la vampira fue directo al grano.

—No, así no funciona — negó dando un suspiro, pensando en si hablar o no de sus rarezas.

—Mi magia funciona mejor en criaturas que están a un paso de la muerte, entre el mundo de los vivos y los muertos —comenzó a explicar.

—Me puedo introducir dentro de sus cuerpos y es cuando mi poder “florece” —dijo con sarcasmo.

—Alargo sus vidas, sano su enfermedad, comparto incluso mis poderes mágicos… pero eso no dura para siempre.

Suspiró con tristeza.

—Al final, ninguno puede soportar mi energía tan… corrosiva y dominante… como mi amigo Ron.

—¿Y has probado con alguien que ya está muerto? —Victoria de repente se interesó.

La necromancia no le fascinaba tanto como a su padre o las Selenias, pero también era parte de su herencia.

—Digamos con alguien como Rousse.

Rousse frunció el ceño. Esto se escuchaba raro por todos lados.

—No, jamás he conocido a alguien como él. Precisamente estaba probando antes. ¿Te pusiste mal con mi poder?

Le preguntó al general.

En realidad, no se había sentido mal… sino fatal.

Pero de una manera que lo hacía recordar cuando vivía.

—No me hizo daño —fue lo único que respondió.

La mente de Victoria se movía a toda marcha, pensando.

Tenía curiosidad.

“Rousse, ¿dejarías que ella use su magia en ti?”

Le preguntó en secreto.

Los rodeaba como una cortina de humo.

El canto se tejía en el viento y la luna se ocultaba detrás de las nubes.

Lo último que pudo vislumbrar Victoria fue a Rousse cayendo de rodillas, frente a la silueta negra de una mujer que atravesaba su cuerpo.

Jamás había visto al hombre más poderoso del ejército de su padre con esa cara de agonía, y poco le faltó para intervenir.

Luego su vista se cegó por la oscuridad.

Miró al remolino oscuro que giró y giró sin cesar, hasta que el viento fue despejando la bruma y de ella salió la silueta de un hombre.

Victoria achicó los ojos, que luego se fueron agrandando.

Pocas veces se había quedado sin palabras en su vida.

—¿Quién?… ¡¿Quién rayos eres y qué hiciste con Rousse?! ¡Hechicera, si esto es algún juego…!

—Soy yo… señorita Victoria… soy… Rousse…

Victoria negó con incredulidad.

Desde que nació conocía a ese hombre.

Rousse había sido la sombra que la vigilaba siempre por orden de su padre.

Cuando estaba en peligro, era el primero en ser convocado.

¡Sabía muy bien cómo lucía! Al menos… como un no muerto.

Pero el macho de cabello claro y ojos grises frente a ella lucía muy vivo.

Incluso juraría que escuchaba latir su corazón.

¡¿Qué magia tan poderosa era esta?!

—¿Te imaginas cómo luces ahora? —le preguntó, y él negó frunciendo el ceño.

Ok, ahí estaba ese gesto tan del general.

—Ve a mirarte a las aguas del río —le señaló, y la mano hasta le temblaba.

Con pasos dudosos, él caminó hacia la orilla.

Victoria vio su espalda ancha, el cabello rubio cenizo que bajaba por su nuca.

Las hebras con un brillo saludable, como su piel de un blanco bronceado.

La magia de esa hechicera era un verdadero milagro.

Algo que podía convertir al muerto Rousse en el hombre que fue alguna vez.

Cuando los ojos grises intensos y masculinos miraron su reflejo en el agua, unas gotas mojadas bajaron de ellos y rodaron por la mejilla.

No recordaba ni siquiera cómo detenerlas. ¿Esto… eran lágrimas?

“Rousse, ¿te gusta mi regalo?”

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