NARRADORA
Rousse pudo aferrarse al saliente de una roca y salir al fin a la orilla.
Cargaba contra su cuerpo fornido a la pequeña hechicera.
Parecía un coala pegada a su pecho, temblando de frío.
—Aguanta, encenderé una fogata para que te calientes.
Le dijo moviendo la cabeza para escurrir toda el agua del cabello grisáceo.
Su ropa de cuero se sentía pesada, pero él no tenía frío, ni dolor por todas las magulladuras y raspones.
Cuando se inclinó a dejarla sobre el tronco de un árbol, Meridiana fue a subir la cabeza para agradecerle.
Entonces Rousse lo descubrió.
Se le había caído el vendaje.
Sus ojos se cubrían con una capa blanca de ceguera, sus pestañas muy rubias abanicaban humedecidas.
Alrededor de ellos, profundas cicatrices se extendían, como una mancha en un hermoso cuadro.
Meridiana también sintió el viento pasar por su rostro.
Estaba mostrándole a ese hombre sus deficiencias, su vergüenza.
—¡No me mires! —gritó hundiendo la cabeza en su cuello, temblando aún más.
No, no, no, él seguro le tendría asco.
No bastó con que le enseñara su horrible magia, sino que ahora también había visto sus horrendos ojos.
Rousse no supo qué hacer, ella estaba al borde de las lágrimas.
¿Todo por unas pequeñas cicatrices? Si pudiese ver las suyas, entonces moriría del susto.
—No… no vi nada —le mintió, palmeándole un poco la espalda.
Su otra mano se puso rígida bajo sus nalgas.
Esta posición parecía muy adecuada para salvarla, pero no ahora.
Las piernas de la hechicera se cerraban alrededor de su cintura.
Sentía su respiración caliente soplando contra su cuello, sus brazos rodeando sus fuertes hombros.
La suavidad de sus senos contra su pecho y, sin hablar de ese lugar íntimo rozando su abdomen.
Tragó en seco.
Si pudiese tener una erección, estaba seguro de que ahora mismo estuviese excitado.
“¿En qué piensas, Rousse?, la chica angustiada y tú con la mente llena de asquerosidades”
—¿En serio? Júrame que no viste mis cicatrices —un susurro en su oído lo hizo estremecer.
¿Acaso ella lo estaba haciendo a propósito?
—¿Tienes cicatrices? —se hizo el tonto.
—¡No! —ella le gritó en el oído— ¡No tengo nada… nadita!
Rousse no pudo evitar bajar la cabeza y torcer la boca en un amago de sonrisa.
—Está bien, te creo entonces —susurró.
Definitivamente, no tenía sentido que una criatura tan inocente como ella estuviese haciendo estas cosas a propósito.
Además, ¿qué ganaba con eso?
Al final logró dejarla sentada en un tronco y disimuló alejándose un poco para permitirle ponerse otro trozo de tela mojado.
Se notaba que no le gustaba mostrar su ceguera y él la respetaba.
Sabía lo que era sentirse diferente… él era diferente.
Y las personas a veces herían con su curiosidad sin filtros.
Estaba en cuclillas encendiendo la fogata.
Pensando en qué hacer con esta pequeña acompañante que no tenía intenciones de irse a ningún sitio.
—Gracias por salvarme, eres muy confiable —subió la cabeza al escucharla.
El olor a flores entraba impetuoso por su nariz, calentando la sangre que no tenía.
Era un no muerto peculiar, ¿cómo podía sentir amor alguien que ya murió?
Rousse pensó que solo eran los reflejos de cuando vivía.
Estaba renunciando a encontrar pareja, ¿para qué se aferraba a un imposible?
Pero aquí estaba Meridiana, sin miedo, sin ver su fealdad, fascinada por saber que era un hombre que había burlado las garras de la muerte.
—Cuéntame, Rousse, dime, ¿te molesta si te hago esto?
La brujita abrió la boca con cautela y una bruma oscura salió de entre sus labios.
Un aliento de magia negra que se coló por la boca de Rousse y entró a su sistema.
No era molestia… más bien sentía dolor… ¡Sentía dolor!
Abrió mucho los ojos, tragando.
Era su garganta, donde se fundía ese poder intenso que parecía activar sus células muertas.
—Hazlo de nuevo —le dijo apretando su cintura.
Meridiana abrió más la boca, a solo un suspiro de los labios de Rousse.
Cualquiera que los viera desde un ángulo equivocado creería que estaban besándose o a punto de hacerlo.
Así los encontró Victoria.
Siguiendo el rastro de su general, llegó para ver la escena en el claro cerca del río.
—Pero… ¿qué…?
Se quedó sin palabras al ver a Rousse sentado en el suelo con una mujer a horcajadas sobre él.
Le agarraba las mejillas, él la cintura y estaban a punto de besuquearse.
¡Rousse no había perdido el tiempo!
— ¿Interrumpo?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Rey Lycan y su Oscura Tentación
Alguien puede ayudar con este problema de no poder desbloquear los capítulos!...
No puedo desbloquear Moras capitulea y tanto monedas!...