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El Rey Lycan y su Oscura Tentación romance Capítulo 704

ROUSSE

El momento se acercaba y su vagina se contraía llegando al éxtasis.

“¡Rousse, no puedo aguantar, se siente rico… no pares, aahh, no pares…!”

Arqueó su espalda, sudando y escondiendo su cara contra la almohada.

“¡Córrete para mí, bebé, no te contengas…! Sshhh, dámelo nena…”

Como si solo esperara recibir mi orden, esa funda virgen se desbordó en fluidos que emborracharon mis sentidos.

Tragué y lamí como un pervertido, sorbiendo con sonidos morbosos en la oscuridad.

Acaricié su clítoris hasta el final, sintiéndola temblar de pies a cabeza y gritar contra el relleno de la almohada.

Mis pupilas entrecerradas la miraban por encima de su monte de Venus…

Diosa, gracias por dejarme vivir esta experiencia.

Sorbí hasta la última gota, la limpié a lengüetazos.

Jadeando también en busca del aire que ni necesitaba.

En medio del olor a sexo, de deseos liberados y Meridiana recuperándose, algo insólito me sucedió.

Miré hacia mi entrepierna, entre asombrado e incluso asustado.

¡No podía ser lo que imaginaba!

Un pequeño bulto se me marcaba contra el pantalón de cuero.

¡Tenía sensibilidad en el miembro!

Creí que mi deseo era solo psicológico, pero ahí estaba.

Al menos una pequeña respuesta.

Incluso sentí algunas gotas de humedad escapar.

¡¿Qué rayos?!

¿Fue por tanta estimulación? ¿Por las ansias locas que tenía de hacerle el amor?

La magia que ella me dio aún ardía en las venas, pero se había precipitado hacia el sur, provocando una reacción en mi polla.

—¿Rousse, hice algo mal?

Sus palabras dubitativas me hicieron reaccionar.

Me había quedado como idiota mirándome el pantalón.

—No, pequeña, no, claro que no… ven acá.

Se estaba tapando los senos con el vestido y sus piernas se habían encogido.

Enseguida me incliné para abrazarla y recostarme con ella en el colchón que traqueó bajo el peso.

La apreté contra mi pecho, enredando nuestras piernas.

Nunca agradecí tanto que la cama resultara tan estrecha.

—Todo fue perfecto. Diosa, más que perfecto… ¿Estuvo bien para ti?

Acariciaba su espalda y la otra mano fue a moverse sobre su muslo desnudo.

—Nunca pensé que se sentiría tan bien, algo tan… pervertido…

Confesó, metiéndose como un avestruz entre las solapas de mi camisa.

Y sus labios, que eran puro pecado, comenzaron a besar mis cicatrices.

—Ni te imaginas la cantidad de cosas pervertidas que deseo hacerte —confesé la pura verdad.

Para estas alturas de poco me servía ya fingir que era un caballero.

Tomé su pierna y la alcé sobre mi cadera, sintiendo el calor de su coño contra el cuero.

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