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El Rey Lycan y su Oscura Tentación romance Capítulo 707

VICTORIA

Cuando salí de la habitación, me estaba esperando recostado a la pared.

—Estoy lista… señor —le dije entre dientes.

—Vamos, entonces —respondió, y sin darme tiempo a nada, su mano enorme se encerró en la mía.

Mi corazón traicionero dio un vuelco.

Admito que no esperaba que me llevara a su lado.

Esto era impropio por todos lados, más para el amo de estas tierras.

Cuando bajamos hasta la entrada, el posadero nos estaba esperando y sus ojos descendieron a nuestras manos entrelazadas.

Pero, hombre sabio, no dijo palabra al respecto.

—Su señoría, aquí tengo la capa que encargó en la tienda —le pasó una hermosa capa roja de piel mullida.

—Bien, la cuenta ha sido saldada. Nos marchamos.

El hombre se deshizo en palabras de elogios mientras salíamos por la puerta en dirección al establo.

Sin embargo, era obvia su cara de alivio por haberse librado del jefe malhumorado.

En la parte trasera, el mozo ya nos acercaba un hermoso caballo negro.

—Ven, te pondré tu capa.

Draco se detuvo frente a mí y, de manera íntima, me colocó la costosa prenda sobre los hombros.

Inclinado sobre mi pecho, con el ceño fruncido, mientras luchaba por anudarla.

Mi mano picó por acariciar su cabello claro, pero me contuve.

—¿Esto es para ocultar que tienes ahora una esclava vampira?

Le dije con más amargura de la que deseaba.

—Victoria —esos ojos avellanas me miraron de frente.

—. Esto es para protegerte del sol y el viento, no tengo otra intención.

Respondió sin rehuir mi mirada y cubriendo mi cabeza con la capucha aterciopelada.

Luego le ordenó al mozo que sostuviera con fuerza las riendas.

—Sube, te ayudo…

—Yo puedo sola, señor.

Pasé por su lado, dejándolo con las manos extendidas para sostenerme.

Me agarré de la silla con seguridad y puse mi botín en el estribo.

Con ímpetu me impulsé para subir, pasándole el trasero por su cara de lobo tonto.

Me senté con firmeza.

Mi padre me había enseñado a cabalgar desde niña, no era una damisela delicada.

—Estoy lista. ¿Dónde está tu caballo?

Lo miré desde arriba como si yo fuese la dueña y él mi esclavo.

Una sonrisa torcida apareció en la esquina de esa sexy boca.

—¿Mi caballo? Estás subida sobre él…

Antes de procesar sus palabras, se agarró con fuerza de la silla y se subió de un salto.

Cayó como un salvaje sobre el lomo, pegándose a mi espalda.

Me empujó hacia delante mientras su polla se clavaba entre mis nalgas.

Ni siquiera pude protestar cuando le ordenó al chico que le pasara las riendas.

Su mano se cerró con fuerza en mi cintura, pegándome aún más a él.

Mi espalda contra ese pecho duro bronceado.

No llevaba su armadura de siempre, sino la camisa de lino blanca, medio abierta.

—¡Hia! —rugió, arriando el robusto animal que relinchó y avanzó con ímpetu.

Salimos cabalgando de las cuadras y mi cuerpo aún permanecía rígido.

No dije palabra y me hacía la rebelde, a pesar de encantarme el calor que desprendía su piel.

Su respiración se escuchaba cerca de mi oído, su aroma a macho salvaje me incitaba.

Draco siempre tenía el poder para hechizarme.

El corcel era rápido y pronto divisé a sus hombres en las afueras del poblado.

También miré con disimulo alrededor.

No sentía a Rousse, pero él sabía que íbamos para el campamento del Lord.

Acecharía en secreto y nos veríamos luego.

El caballo se detuvo con los cascos resonando en la grava.

—¿Todo está listo? —el Lord le preguntó a su Beta.

—Sí, señor, podemos partir —le respondió, y luego me dio una breve mirada.

Los demás hombres disimulaban bastante bien las ganas de espiar, pero nadie ponía los ojos sobre mí.

—La Srta. Celia está en el carruaje.

Cuando dijo eso, reparé en que ciertamente más adelante había un pequeño carruaje.

—Bien, apuremos el paso para no llegar tarde.

Draco azuzó el caballo queriendo tomar la delantera, pero al pasar por al lado del vehículo, la cortinita se abrió.

Entonces recordé quién era la tal Celia.

Su acompañante en la tienda.

Los ojos de esa mujer me atravesaron enseguida con una mirada mortal.

—Mi señor, en el carruaje hay espacio, puede ir más cómodo —le dijo, disimulando su rabia.

Los coquetos labios rojos se movían con un mohín seductor.

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