Entrar Via

El Rey Lycan y su Oscura Tentación romance Capítulo 710

NARRADORA

Celia arrojó la caja pesada de joyas de la mesa en un ataque de rabia.

Su carpa hecha un desastre.

Él había desafiado a todo el campamento por una vampira.

No le importó poner en evidencia que estaba loco por esa puta.

¡Todos sabían que ella se encontraba enamorada de él!

—¡Me rechazas por una asquerosa chupasangre! ¡Aaggg, maldición!

Arrojó un jarrón de flores al azar, pero con tan mala suerte que casi se estampa contra la pobre mujer que temblaba en una esquina.

—¡TÚ! —Celia la recordó de golpe.

—. ¡Me dijiste que esas hierbas venenosas iban a destrozarle la piel, eres una idiota!

Se abalanzó sobre la hechicera como una perra rabiosa y comenzó a abofetearla.

No importaba cuánto la chica le rogara entre lágrimas, le quisiera explicar que no fue su culpa.

Pero el guerrero sobornado ya estaba muerto y Celia no tenía a quién culpar.

No era la primera vez que golpeaba a la joven de apenas 16 años.

Y lo peor es que luego tenía que curarse con magia para que nadie lo supiera, menos el Lord.

Sin embargo, esta vez la rabia de Celia estaba descontrolada.

Solo podía ver las imágenes de Dracomir con Victoria.

El deseo feroz que jamás había visto en los ojos del macho al mirar a ninguna hembra.

Y a Dracomir lo que más se le sobraban eran mujeres ofrecidas para calentar su cama.

—¡Te voy a matar a golpes, infeliz! ¡Deja a mi hombre, él es mío, desgraciada, es mío!

Sus ojos rojos confundían con Victoria, a la mujer que apenas resistía en el suelo.

Le daba un placer retorcido estarle clavando las garras y pegarle puñetazos por todos lados.

Sacó toda su frustración, hasta que se dio cuenta de que la falsa “Victoria” no se defendía.

Ni siquiera lloraba o suplicaba, estaba rígida.

La lucidez regresó de golpe a la mente de Celia y dio un paso atrás con temor en los ojos.

La sangre manchaba sus garras.

Solo quedaba una piltrafa yaciendo sobre la oscura alfombra.

—No… no, la maté… no puede ser… papá estará furioso —temblaba ahora pensando en las consecuencias.

Su padre usaba a estas chicas para controlar a las brujas ancianas y que hicieran su voluntad.

Además, si Dracomir se enteraba de esto, la iba a castigar y repudiar.

Él no admitía la violencia injustificada, menos contra una mujer, incluso si era vampira.

—Tengo que deshacerme del cadáver, nadie puede descubrirme…

Miró asustada hacia la entrada.

Los guerreros estaban reunidos hacia el centro de las fogatas, pero alguno de la patrulla pudo haberla escuchado.

Se dio cuenta de lo estúpida que había sido.

Con el corazón latiéndole deprisa y un nudo en la garganta, se colocó su capucha oscura y comenzó a arrastrar la “evidencia” hacia la parte trasera de su carpa.

Dejó a la bruja en el borde y luego salió sola por la entrada, como si estuviese dando un paseo.

Un guerrero que rondaba se le acercó a preguntarle si todo estaba bien.

Celia disimuló, respondiendo que solo daba un paseo buscando a su sirvienta.

Pero cuando dio la vuelta, las palabras susurradas de ese soldado le helaron la sangre.

El guerrero murmuró, sumergiéndose entre los árboles tupidos que rodeaban el campamento.

Pensaba en tirarla al barranco cercano y que la naturaleza hiciera el trabajo final.

Nadie la encontraría y menos se preocuparían tanto por una simple bruja.

Solo que ese tipo oportunista jamás imaginó que estaba siendo vigilado desde la oscuridad.

Su crimen fue espiado por alguien más.

Rousse lo siguió en silencio.

Meridiana había reconocido el olor de la magia de la chica.

Era de su grupo y estaba agonizando.

Rousse aguardó hasta que estuvieron lejos del campamento.

El mismo guerrero había buscado un sitio ideal para morir.

A punto de arrojar a la pobre mujer por el precipicio, sintió una sombra amenazante que se movió a su espalda.

— ¡Identifícate…!

Se giró con los caninos afuera y listo para enfrentar la amenaza, pero el enemigo lo superaba.

Rousse saltó frente al guerrero y pasó limpiamente la daga por su garganta, silenciándolo para que no aullara.

Los ojos muy abiertos del macho aún no se podían creer que hubiese sido asesinado en un suspiro.

Dio algunos pasos atrás, inestables, directo al vacío, haciendo sonidos raros mientras la sangre se le escapaba de las venas.

Pero lo peor era que aún se aferraba al cuerpo de esa niña.

“¡Agárrala, Rousse! ¡Quítasela o la va a arrojar por el barranco!”

Meridiana gritó desde el interior del General, al verlos caer por el borde, directo a una muerte segura.

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Rey Lycan y su Oscura Tentación