VICTORIA
Ciertamente, la vida dentro de las murallas y fuera de ellas, eran dos mundos diferentes.
Parada en la ventana de la habitación que me tocó, miraba hacia las hermosas villas bajo la fortaleza.
Los hombres lobos vivían ahí, esta era la manada de Dracomir y su hogar.
Él, en cuanto llegó, tuvo que resolver miles de pendientes.
Entendía su posición y tampoco era un accesorio que debía tener colgado del brazo todo el día.
De repente, mi vista fue atraída por unos carruajes que llegaron al patio delantero.
Parecían algunas invitadas elegantes.
Fueron pasadas al interior por el servicio, y luego llegaron otras carretas.
Vi salir a esa asesina hipócrita a revisar las mercancías.
Cajas y cajas satinadas.
Era considerada de la realeza en mi reino, así que podía decir con seguridad que eran ropas de fina costura.
—Sí que te tienen bien mimada —chasqueé la lengua con fastidio.
El saber que todo eso se compraba con el dinero manejado por mi hombre me daba tanta soberbia.
De repente, la puerta de entrada a mi habitación fue abierta y escuché los pasos de la doncella que me habían asignado.
—Srta. Victoria, llegó esto para usted —me dijo cargando con una caja color cucaracha.
—¿Qué es? —le pregunté acercándome a la cama donde la había colocado.
—Me lo dio una doncella a pedido de la Sra. Agatha, dice que es para la reunión de esta tarde —me respondió, haciéndose a un lado con respeto.
La verdad era que nadie me había tratado mal, a pesar de ser una vampira.
Ese lobo que nos recibió, el anciano “amable”, me dio una mirada extraña cuando Dracomir le dijo que era su amante, pero no agregó nada más.
A su mujer, la tal Agatha y administradora de la fortaleza, no había tenido la desdicha de conocerla.
Admito que aunque me fastidió un poco, Draco y yo hablamos el tema de mi identidad.
No es conveniente revelarme como su mate… por ahora.
El odio hacia los vampiros era demasiado.
El mostrar su interés por mí y no tratarme solo como su esclava, estaba atrayendo murmuraciones contra el Lord.
Una cosa era decapitar a sus soldados en el campamento, ¿pero podría él solo contra una rebelión en su feudo?
No lo creo y menos con los traidores viviendo a su lado.
Aún, teníamos que ser inteligentes... y yo más todavía.
—¿Estás segura de que este es para mí? —le pregunté alzando la prenda en mis manos.
—Sí, sí, me dijo que escogiera esta caja entre muchas otras, pero me cercioré de que era la correcta.
Asintió ansiosamente.
Era una loba joven y se notaba la inocencia por todos lados.
Incluso no me miraba con el odio de los más ancianos.
—Bien, ¿y el resto de las cajas? —le pregunté, arrojando esa mierd4 de vestido dentro de esa horrible caja.
—Creo… bueno, escuché que son para la Srta. Celia.
Bajó la cabeza, quizás esperando mi ataque de rabia como la amante despechada.
—Está bien, tranquila. Solo una última pregunta: ¿dónde quedan los aposentos de ella? Digo… para agradecerle…
Antes de marcharse me lo dijo muy claro.
Alcé una ceja y torcí la boca con malicia.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Rey Lycan y su Oscura Tentación
Alguien puede ayudar con este problema de no poder desbloquear los capítulos!...
No puedo desbloquear Moras capitulea y tanto monedas!...