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Engañada por mi esposo: mi amante perfecto era mi esposo. romance Capítulo 113

Al día siguiente, el ruido de las maquinarias y el polvo de la construcción ya dominaban el terreno desde bien temprano.

Alexander Donovan bajó de su camioneta blindada, ajustándose el saco a medida.

Iba con una sonrisa arrogante, preparado para encontrarse con un par de abogados suplicando por romper el contrato, o en el mejor de los casos, a una Amanda llorosa y asustada, lista para tirar la toalla.

Pero apenas pisó la tierra irregular, la sonrisa se le borró de la cara.

Ahí estaba Amanda.

Tenía puesto un casco blanco de seguridad, botas de trabajo y un par de planos enormes desenrollados sobre una mesa improvisada.

Le estaba dando instrucciones a tres capataces al mismo tiempo, señalando el terreno con una seguridad aplastante. No había ni rastro de miedo en ella; era la dueña del lugar.

Donovan se acercó a paso lento, observándola con detenimiento.

—Tengo que admitir que me sorprendes —soltó él, parándose justo detrás de ella—. Pensé que a esta hora ya habrías mandado a tu marido a llorarle a mis abogados.

Amanda no dio un respingo. Terminó de darle la indicación al capataz, enrolló el plano con calma y se giró para encararlo, mirándolo de arriba a abajo.

—Pensaste mal. Estamos construyendo, Alexander, no perdiendo el tiempo. Si vienes a estorbar, te pido que te retires de mi zona de trabajo.

Alexander soltó una risa corta, dando un paso más cerca.

—Yo soy el dueño de esta obra, Amanda. Puedo estar donde me dé la gana. Solo venía a ver si ibas a tener el valor de dar la cara después de firmar el contrato.

—El valor me sobra —le respondió ella en un tono cortante—. Escúchame muy bien, porque te lo voy a decir una sola vez. Sé perfectamente a qué estás jugando y por qué te metiste como inversor en este proyecto. Quieres usarme para golpear a Víctor, pero te equivocaste de mujer.

—Qué fiera... —murmuró él, bajando la vista hacia los labios de ella, sintiendo que la sangre le corría más rápido. Esa actitud desafiante lo encendía muchísimo más que cualquier mujer fácil del club.

—No te confundas conmigo —Amanda dio un paso al frente, sin achicarse—. Voy a terminar este proyecto. Lo voy a hacer perfecto, te voy a entregar las llaves y te vas a tragar tus intenciones. Pero que te quede claro: nuestra relación es estrictamente laboral. Eres el CEO y yo soy la arquitecta. Ni se te ocurra cruzar esa línea.

Alexander la miró a los ojos, fascinado. En lugar de alejarlo, esa fuerza que irradiaba Amanda lo atrapó por completo.

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