Esa noche, el viento soplaba con una brisa fresca cuando el auto de Víctor Grimaldi atravesó los enormes portones de hierro de la mansión.
Apagó el motor en el camino de entrada y se quedó un par de segundos con las manos apoyadas en el volante, soltando el aire que llevaba reteniendo en los pulmones durante todo el santo día.
Había sido una jornada brutal, cargada de adrenalina y de una tensión muy oscura tras su enfrentamiento decisivo con Donovan.
Pero ahora, con el enemigo completamente destruido y humillado, necesitaba desesperadamente ver a Amanda.
Necesitaba comprobar con sus propios ojos que ella estaba bien, respirar su mismo aire y decirle que la amenaza había desaparecido para siempre.
Al abrir la pesada puerta, el calor del hogar lo envolvió de inmediato, borrando el frío de la calle.
Martina, la leal ama de llaves que conocía a la perfección los silencios, las tormentas y los estados de ánimo de esa casa, apareció en el vestíbulo para recibirlo.
Le dedicó una sonrisa cálida y discreta, notando la urgencia en los ojos del CEO.
—Buenas noches, señor Víctor —lo saludó con voz suave, acercándose para tomar el saco del traje que él se quitaba a toda prisa—. La señora Amanda está en el estudio esperándolo. Pidió que no la interrumpieran por ningún motivo hasta que usted llegara.
Víctor asintió a modo de agradecimiento, dándole las buenas noches. Se aflojó el nudo de la corbata con un tirón y comenzó a caminar por el largo pasillo.
Con cada paso que daba sobre el suelo, sentía cómo su corazón se aceleraba, latiendo con una fuerza desmedida contra sus costillas.
Era algo irónico; un par de horas antes había doblegado a un hombre, arrebatándole su poderío sin parpadear ni un solo segundo, pero ahora, el simple hecho de ir al encuentro de su esposa lo ponía nervioso y vulnerable.
Cuando finalmente llegó frente a las puertas dobles de madera del estudio, se detuvo.
Tomó una respiración profunda, llenando sus pulmones de aire para calmar sus propios demonios, empujó la manija y abrió con suavidad.
El interior estaba sumido en una penumbra acogedora, iluminado apenas por la luz amarilla de una lámpara de pie y el resplandor de la luna que se filtraba por los inmensos ventanales.
Amanda estaba allí, de pie, con la mirada perdida hacia los jardines traseros.
Llevaba ropa cómoda que abrazaba con ternura su incipiente vientre, luciendo hermosa en su simpleza. Al escuchar el sutil sonido de la puerta, se giró lentamente.
Sus miradas chocaron en la penumbra.
—Qué bueno que viniste temprano, mi amor —dijo ella simplemente, con una voz cargada de un alivio tan profundo que a Víctor se le hizo un doloroso nudo en la garganta.
Se miraron en silencio durante un largo y denso momento.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Engañada por mi esposo: mi amante perfecto era mi esposo.
El contenido del capitulo 21 es el capitulo 19. Si repite, por favor, pueden verificar?...