Mario se paseaba por la sala del apartamento de Brenda con la misma tranquilidad con la que caminaba por los pasillos oscuros del club nocturno.
Fue directo al minibar de la esquina, tomó un vaso de cristal grueso y se sirvió dos dedos de whisky puro, sin hielo. Actuaba como si fuera el dueño del lugar.
Brenda lo observaba desde el sofá, encogida sobre sí misma, vistiendo ropa holgada y con una mano apoyada sutilmente sobre el costado de su abdomen herido.
—Jake te manda saludos —dijo Mario, dándole un sorbo largo a su trago y apoyándose en la barra de granito con actitud relajada—. Y también te manda una oferta. Quiere que vuelvas al club de inmediato, Brenda. Las cosas se están enfriando en las calles y sabes perfectamente que allá adentro estás protegida de cualquier amenaza. Es tu zona segura, nena.
Brenda negó con la cabeza al instante, frunciendo el ceño con una mezcla de cansancio profundo y rechazo absoluto.
—Dile a Jake que le agradezco mucho la supuesta protección, pero no voy a volver. Ni hoy, ni mañana, ni nunca. Ya no quiero esa vida, Mario. Se acabó. No voy a seguir vendiendo mi cuerpo, ni sonriendo por obligación, ni metiéndome en ese pozo sin fondo.
Mario soltó una carcajada seca, áspera y sin una sola gota de humor.
No hizo el menor intento de insistir. Simplemente se encogió de hombros, haciendo tintinear el hielo fantasma en su vaso vacío.
—Allá tú, preciosa. Jake no es de los que andan rogando. Pero te lo advierto de buena fe: afuera hace mucho frío, y en este mundo de mierd4 en el que te metiste hace años, no hay amigos. Nadie te va a salvar el pellejo gratis. Y mucho menos si decides juntarte con víboras venenosas como Melissa.
El simple nombre de la ex amante de Víctor Grimaldi fue como una bofetada a mano abierta para Brenda.
La angustia que llevaba en la garganta desde que Daniel había cruzado esa puerta para no volver, finalmente se rompió en pedazos.
—Fui una completa boba —sollozó Brenda de repente, llevándose las manos al rostro, dejando que la frustración y la rabia la desbordaran—. Creí... de verdad llegué a creer un día que ella era mi amiga, que me ayudaba. Fui una maldita estúpida.
Mario enarcó una ceja, mirándola con una mezcla de lástima barata y burla, dándole otro trago a su whisky.
—¿Melissa? ¿Amiga de alguien? Por favor, Brenda, no me hagas reír. Esa mujer vendería a su propia madre por un par de zapatos. Te usó de escudo para sus porquerías y tú te dejaste enredar como una simple novata.
—¡Por culpa de esa maldita amistad lo perdí absolutamente todo! —estalló ella, con la voz quebrada y ronca, apartando las manos de su rostro bañado en lágrimas—. Daniel vino a buscarme... él estaba preocupado por mí. Y justo cuando abrí la maldita puerta, se encontró cara a cara con ella.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Engañada por mi esposo: mi amante perfecto era mi esposo.
El contenido del capitulo 21 es el capitulo 19. Si repite, por favor, pueden verificar?...