Las pesadas puertas de la camioneta se cerraron, dejando atrás el bullicio de la gala y los destellos de las cámaras.
Amanda soltó un suspiro, esperando al fin tener un respiro, pero la tranquilidad le duró exactamente un segundo.
Víctor no se sentó del otro lado del amplio asiento como solía hacer; esta vez, se acomodó justo a su lado, tan cerquita que el roce de sus rodillas era inevitable.
El espacio se sintió pequeño de pronto y el aire se cargó de una corriente pesada.
De pronto, el celular de Víctor repicó rompiendo el silencio. Él lo sacó del bolsillo con calma y contestó. Era uno de sus socios.
Víctor empezó a hablar de números y proyecciones con total tranquilidad, usando su típico tono de magnate poderoso.
Amanda, sintiéndose acorralada por tanta cercanía, intentó arrimarse un poquito hacia la puerta para poner distancia.
Pero en ese mismo instante, mientras él seguía hablando por teléfono con absoluta normalidad, dejó caer su mano izquierda sobre la pierna de su esposa. Como si fuera la cosa más natural del mundo.
Amanda se tensó de pies a cabeza. Sintió el calor de la palma de su marido colándose directo por la abertura del vestido azul.
—¿Qué carajos estás haciendo? —le susurró ella, fulminándolo con la mirada.
Víctor ni parpadeó. Siguió escuchando a su socio, asintiendo con la cabeza, ignorando por completo la queja de su mujer.
Peor aún, sus dedos comenzaron a moverse despacio, trazando un camino atrevido y ardiente un poco más arriba de la rodilla.
Amanda sintió que el corazón le daba vueltas. No aguantó más el descaro, le agarró la mano y se la apartó de tajo.
Al hacerlo, un hormigueo extrañísimo, una punzada eléctrica provocada por el roce directo de los dedos de Víctor, le subió por el muslo y la dejó súper confusa.
Levantó la vista por instinto y cruzó miradas por el retrovisor con Ramón, el chofer.
El hombre desvió los ojos de inmediato hacia la calle, pero Amanda se quedó muda y muerta de la vergüenza.
El resto del camino fue un martirio para Amanda.
Apenas la camioneta se detuvo en la entrada de la mansión, Amanda no esperó a que le abrieran la puerta.
Salió disparada por su lado, caminando a paso rabioso hacia la entrada de la casa. Sentía que el calor que le encendía las mejillas ya se le había regado por toda la cara.
Víctor la siguió con calma, despidiendo al chofer con un gesto antes de entrar a la mansión y cerrar la inmensa puerta de madera a sus espaldas.
Apenas quedaron solos en el enorme recibidor, Amanda giró sobre sus talones y lo encaró con los ojos echando chispas.
—¿Qué diablos es lo que te pasa a ti? —le soltó, alzando la voz—. ¿Por qué me tocaste así en el auto? ¡Qué pena tan grande con Ramón, por Dios!


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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Engañada por mi esposo: mi amante perfecto era mi esposo.
El contenido del capitulo 21 es el capitulo 19. Si repite, por favor, pueden verificar?...