El cansancio de Víctor desapareció por completo cuando cruzó las puertas del pabellón.
Su bata médica estaba un poco arrugada y tenía el cabello enredado, pero la enorme sonrisa de alivio y orgullo que llevaba en el rostro lo decía absolutamente todo.
Caminó por el pasillo hasta la sala de espera, donde todos se pusieron de pie de un salto al verlo llegar.
—Todo salió perfecto —anunció Víctor—. Amanda está muy bien. Valentina ya nació y está completamente sana.
Lucía soltó un chillido de alegría y se llevó las manos a la boca, con los ojos llenos de lágrimas.
Fernando, que estaba justo a su lado, sonrió ampliamente y se acercó a Víctor para darle un abrazo muy fuerte y sincero.
—¡Felicidades, hermano! —le dijo Fernando, dándole un par de palmadas en la espalda—. Ya me imagino lo hermosa que debe ser la niña.
Daniel, que estaba apoyado contra la pared con los brazos cruzados, soltó un suspiro dramático.
—Felicidades, Víctor. Ahora sí vas a saber lo que es no pegar el ojo en toda la bendita noche. Menos mal que Valeria se quedó en casa cuidando a Mattias. Prepárate para cambiar pañales a las tres de la mañana.
Víctor soltó una carcajada que le relajó los hombros por primera vez en todo el día.
—Ya te tocará tu turno de trasnochar, Daniel. No cantes victoria tan rápido que la vida da muchas vueltas.
Mientras los tres hombres se quedaban en la sala hablando de los detalles de la clínica y de lo que se venía, Adriana y Lucía cruzaron miradas.
No necesitaban decir ni una sola palabra para entenderse.
Con pasos rápidos y sigilosos, aprovecharon la distracción de los hombres para escabullirse por el pasillo, esquivando hábilmente a un par de enfermeras estrictas que patrullaban la zona con sus tablas de registros.
Cuando por fin abrieron la puerta de la habitación de recuperación, encontraron a Amanda recostada sobre un montón de almohadas.
Se veía agotada, pálida y algo despeinada por el esfuerzo, pero tenía una paz en la mirada que sus amigas nunca antes le habían visto.
En sus brazos, envuelta en una suave cobija rosada, descansaba la pequeña Valentina.
—Ay, por Dios... —susurró Lucía, acercándose a la cama casi de puntillas para no hacer ruido—. Es preciosa, Amanda.
Adriana se paró al otro lado de la cama, mirándola embelesada.
—Es idéntica a Víctor, pobre criatura —bromeó Adriana en voz muy baja—. Pero seguro va a sacar tu inteligencia, amiga. Muchas felicidades.
Amanda sonrió débilmente, sin apartar los ojos de su hija.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Engañada por mi esposo: mi amante perfecto era mi esposo.
El contenido del capitulo 21 es el capitulo 19. Si repite, por favor, pueden verificar?...