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Engañada por mi esposo: mi amante perfecto era mi esposo. romance Capítulo 166

Meses después…

Las horas en el pasillo de maternidad parecían eternas. Después de tantos meses de espera y nervios, el gran día por fin estaba allí: la hija de Víctor y Amanda estaba a punto de llegar al mundo.

Ambos se encontraban dentro del pabellón, enfrentando las intensas y agotadoras horas de labor de parto.

Mientras tanto, en la amplia y lujosa sala de espera, las puertas del ascensor se abrieron con un suave murmullo.

Adriana hizo su gran entrada.

Ya no quedaba ni rastro de la asistente estresada que corría por los pasillos con carpetas bajo el brazo.

Ahora lucía como una auténtica socialité.

Llevaba un impecable traje de diseñador en color perla que se ajustaba a su figura, unos altísimos tacones de aguja que resonaban con autoridad sobre el piso de mármol, y un costoso bolso colgando del antebrazo.

Su cabello estaba perfectamente peinado y su actitud desbordaba una confianza arrolladora.

Daniel, que llevaba un buen rato caminando de un lado a otro con los brazos cruzados, se detuvo en seco al escuchar los pasos.

Ambos hicieron contacto visual de inmediato.

El directivo la recorrió de arriba abajo, arqueando una ceja. Una sonrisa cargada de burla cruzó por su mente al ver semejante transformación.

—Y ahora tú te refinaste —soltó Daniel, arrastrando las palabras con un sarcasmo inconfundible.

Adriana se detuvo frente a él, se bajó las gafas de sol oscuras y lo fulminó con la mirada.

—No seas estúpido, Daniel. ¿Dónde está Amanda?

—Está pariendo —respondió él, encogiéndose de hombros—. Ella y Víctor llevan horas ahí dentro. Los médicos dicen que todo va bien, pero ya sabes cómo es esto.

Daniel volvió a repasarla con la mirada, incapaz de guardarse el comentario que le picaba en la lengua.

—Veo que la generosa cuenta bancaria de tu flamante prometido, el ingeniero Mendiola, está haciendo verdaderos milagros. Quién diría que terminarías jugando a ser la señora de la alta sociedad.

Adriana soltó una risa seca, acomodándose un mechón de cabello detrás de la oreja con total desdén.

—La clase se tiene o no se tiene, querido. Algo que tú jamás vas a comprender. Rodrigo me da el lugar que me merezco, me trata como a una reina y, sobre todo, sabe exactamente lo que hace. Es un hombre de verdad.

—Por supuesto que sí —se burló Daniel, dando un paso más cerca—. Ojalá el ilustre señor Mendiola esté a la altura de las circunstancias en todos los sentidos, porque con la edad que tiene, dudo mucho que aguante tu ritmo.

Adriana soltó una carcajada abierta, negando con la cabeza.

—Puedes estar muy tranquilo por eso, mi amor. Rodrigo cumple a la absoluta perfección. No como otros que andan por ahí dándoselas de grandes conquistadores y... bueno, la verdad es que lo tienen chiquito.

Daniel abrió los ojos de par en par, sintiendo que el golpe directo a su orgullo le cortaba la respiración.

—¡¿Chiquito?! —exclamó él, genuinamente ofendido, llevándose una mano al pecho—. Por Dios, Adriana. Pero bien que lo disfrutaste en su momento. No te escuché quejándote aquellas noches.

Adriana hizo un gesto restándole total importancia, moviendo la mano en el aire.

—Ay, por favor. Era lo que había en ese momento y una resolvía con lo que tenía a la mano. Yo solo fingía demencia para no destruir tu frágil ego.

Daniel abrió la boca, pero no le salió ni una sola sílaba. Aquella había sido una verdadera cachetada con guante blanco directo a su orgullo.

***

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