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Engañada por mi esposo: mi amante perfecto era mi esposo. romance Capítulo 22

Capítulo 25

El reloj marcaba casi las cuatro de la tarde y la oficina de la presidencia en la Corporación Grimaldi estaba en un silencio absoluto.

Víctor intentaba concentrarse en una torre de documentos legales que tenía sobre su inmenso escritorio, pero tenía la cabeza hecha un desastre.

Por más que leía los mismos párrafos una y otra vez, las letras se le cruzaban con el recuerdo de la boca de Amanda y el mensaje que ella le había mandado a "Carlos".

De pronto, la puerta se abrió de par en par sin previo aviso. Daniel entró con su típica actitud tranquila, sosteniendo una carpeta en la mano.

—Aquí tienes los resultados de la licitación del proyecto en la costa —anunció, tirando la carpeta sobre el escritorio con una sonrisa—. Revisados y aprobados.

Víctor apenas levantó la vista del papel que estaba firmando.

—Son favorables, me imagino.

—Como siempre, campeón. Arrasamos con la competencia —respondió Daniel.

Pero en lugar de darse la media vuelta y salir, Daniel se quedó ahí, plantado frente al escritorio y lo miró con una chispita de burla en los ojos.

A Daniel le picaba la lengua por hablar; se le notaba a leguas que traía un chisme atravesado en la garganta y no se iba a ir sin soltarlo.

—Y bueno... cambiando de tema a cosas mucho más interesantes —empezó Daniel, arrastrando las palabras a propósito—. Me cantó un pajarito por ahí que tu queridísima esposa tuvo una mañana bastante movida.

Víctor dejó el bolígrafo sobre la mesa con lentitud. Trancó la cara de inmediato, poniéndose a la defensiva.

—¿Qué pajarito, Daniel? ¿De qué estás hablando?

—Del pajarito de Adriana, por supuesto. Acabo de hablar con ella. Resulta que Amanda tuvo una reunión muy importante en la fundación con un nuevo donante. Un tipo que llegó de la nada a ofrecer billete parejo. Y según me contó Adri, con lujo de detalles, el tipo está buenísimo. Se llama Alexander Donovan.

A Víctor le cayó ese comentario como una patada en la cara. Levantó la cabeza de golpe, clavando sus ojos en su amigo.

—¿Buenísimo?

—Bueno, hermano, yo solo repito como el loro lo que me dijeron —se defendió Daniel, levantando las manos en son de paz, aunque por dentro se estaba riendo—. Sí, que está guapísimo, que parece modelo de revista y para rematar, es canadiense.

El rostro de Víctor se transformó en un poema.

¿Un canadiense? ¿Qué demonios hacía un canadiense metido en la fundación de su mujer?

—Ah, casi se me olvida el otro detalle —siguió Daniel, echándole más leña al fuego—. Han quedado para comer mañana al mediodía.

Víctor se apoyó en los reposabrazos de la silla, tensando todo el cuerpo.

—¿Comer? ¿Solos?

—Y me imagino que también va a conocer a Carlos, ¿verdad? Porque a este paso vas a tener que pelear por partida doble.

Víctor fulminó a Daniel con la mirada. Pero Daniel ni se inmutó, más bien lo observaba con una sonrisa de orgullo.

—Por fin muestras algo de carácter, hermano —le dijo Daniel, poniéndose serio—. Ya era hora de que el Víctor de verdad despertara y dejara de esconderse.

Víctor se pasó las dos manos por el cabello, frustrado, pero con una decisión tomada que le ardía en la sangre.

Volvió a su escritorio y apoyó ambas manos sobre la madera, mirando a su amigo con una determinación absoluta.

—Mañana tú te vas a encargar de todos mis compromisos. Busca a Tamara ahora mismo y dile que me limpie la agenda completa desde temprano. Cancela reuniones, almuerzos, todo.

—¿Y eso? ¿A dónde vas?

—Necesito estar con Amanda. Necesito hacerla mía ya, antes de que termine de perder la cabeza por completo.

Daniel abrió los ojos, sorprendido por el tono tan crudo de su amigo.

—¿Y a cuál de los dos le toca el turno? —preguntó Daniel, cruzándose de brazos con una sonrisita burlona—. ¿Vas como Carlos para que te ame... o como Víctor para que te odie?

—Como sea, Daniel, como sea. —Víctor sentía que el mundo se le venía encima, pero la decisión estaba tomada—. Me da igual. Me estoy volviendo loco. Necesito tenerla de nuevo, sentir su cuerpo encima de mío, aunque sea odiándome.

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