Amanda cruzó la puerta de su habitación arrastrando los pies. Estaba muerta del cansancio.
Dejó el bolso tirado en la silla más cercana y se dejó caer de espaldas sobre la cama sin molestarse en prender las luces.
Tenía el cuerpo pesado y la cabeza le daba mil vueltas después del día tan largo en la fundación.
Cerró los ojos un momento y recordó de golpe que tenía la cita pautada con Carlos para las nueve de la noche.
Suspiró, debatiéndose internamente. Le encantaba estar con él, pero siendo sincera, el cuerpo no le daba para más.
Sabía perfectamente que, si se veía con Carlos, con toda esa energía salvaje que el hombre se gastaba en la cama, la iba a dejar mucho más agotada de lo que ya estaba.
Simplemente no iba a aguantar el trote.
De pronto, la pantalla de su teléfono se encendió en la mesa de noche. Lo agarró con pereza y vio un mensaje de su amante.
"Cuento los minutos para verte."
A Amanda se le escapó una sonrisa boba al leerlo. Tecleó rápidamente para contestarle y no dejarlo esperando:
"Yo también quiero verte, pero hoy no puedo."
La respuesta llegó casi al instante:
"¿Por qué?"
"He tenido un día súper pesado y mañana tengo unos asuntos importantes que atender temprano."
Del otro lado de la ciudad, Víctor leyó la pantalla y apretó los dientes, sintiendo que los celos lo picaban por dentro y le quemaban la sangre. Escribió rápido:
"¿Qué asuntos?"
Amanda frunció el ceño al leer ese tono tan cortante y directo.
"Es un almuerzo de trabajo muy importante."
Víctor soltó una grosería al aire. Sabía exactamente con quién era ese almuerzo: con el dichoso canadiense.
"Si faltas a ese almuerzo, te follaré como nadie. Te haré gritar como nunca."
Amanda leyó el mensaje y, a pesar del cansancio, se le erizó la piel y sintió un corrientazo caliente bajándole por el vientre.
"¿Estás tratando de convencerme de que no vaya?"
Víctor respiró hondo, tratando de controlar la rabia y el desespero que sentía.
Sentada frente a ella estaba Brenda, su mejor amiga, una mujer astuta que había llegado al país con ella hace años, cuando ambas no tenían ni en qué caerse muertas.
—Es que no lo soporto, Brenda —se quejó Melissa, caminando de un lado a otro—. Víctor me trató como a un trapo viejo en el club, y todo por defender a la mosca muerta de su esposa. ¿Tú sabes la humillación que pasé delante de toda esa gente estirada?
Brenda rodó los ojos y le dio un sorbo a su bebida, mirándola con muy poca paciencia.
—Ay, Melissa, de verdad que a veces te pasas de bruta. Hazme el favor de sentarte y pensar con la cabeza fría —le soltó su amiga sin anestesia—. ¿Tú te estás escuchando? Nosotras llegamos del extranjero con una mano adelante y otra atrás. Tú tuviste la grandísima suerte de que un multimillonario como Víctor Grimaldi se fijara en ti, te sacara de la nada y te pusiera a vivir en esta casota. ¿Y te vas a poner a hacerle escenitas de celos en público como una carajita de quince años?
—¡Es que me da rabia!
—¡Él está casado! —le recordó Brenda, alzando la voz para ver si la hacía reaccionar—. Entiende tu posición. No seas estúpida, no le armes shows a la esposa porque la que sale perdiendo eres tú. Tienes que ser astuta, usar la cabeza para no perderlo ni a él ni a su fortuna. Tienes a Mattias contigo, el niño ya tiene dos añitos. Esa es tu mayor garantía.
Melissa se dejó caer en la silla, cruzándose de brazos, con la cara arrugada por la molestia.
—Yo quiero que él la deje ya. Estoy harta de estar a la sombra. Mírala, sale en las revistas de sociales toda sonriente, como si fuera la dueña de todo.
—Y lo es, legalmente —remató Brenda con frialdad—. Por eso mismo tienes que quedarte calladita y ser la mujer comprensiva de la historia. Trátalo bien, dale paz. Si le haces la vida de cuadritos con tus berrinches, Víctor te va a mandar al demonio y te vas a quedar sin la gallina de los huevos de oro. Ten paciencia y espera a que el divorcio caiga por su propio peso.
Pero las palabras de Brenda le entraban por un oído y le salían por el otro.
Melissa no estaba dispuesta a quedarse sentada esperando mientras Amanda se quedaba con el hombre que, según ella, le correspondía.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Engañada por mi esposo: mi amante perfecto era mi esposo.
El contenido del capitulo 21 es el capitulo 19. Si repite, por favor, pueden verificar?...