Amanda pasaba el cepillo por su cabello frente al inmenso espejo de su habitación, pero su mirada estaba totalmente perdida en el reflejo.
Sentía que el tiempo pasaba lento, como si el aire a su alrededor estuviera pesado.
Por más que intentaba hacerse la fuerte y convencerse de que no le importaba en lo absoluto, muy en el fondo le ardía la sangre de puros celos.
La imagen de Víctor con Melissa a medio vestir, restregándose sobre ese escritorio en la oficina, se le repetía en la cabeza una y otra vez como una película de terror.
No concebía la idea de un simple malentendido; las mentiras de su marido eran su pan de cada día, y para ella, Víctor seguía siendo el mismo cínico y cobarde de siempre.
Dejó el cepillo sobre la peinadora. Necesitaba apagar el cerebro.
Quería arrancar esa escena de su cabeza. Y de repente, el único nombre que le traía paz y fuego al mismo tiempo apareció en su mente: Carlos.
Pensó en el hombre rudo que se la follaba delicioso en esa cama de hotel.
El que la hacía sudar, el que le sacaba gritos que ni ella misma sabía que podía dar, haciéndola sentir como la única mujer sobre la faz de la tierra.
Recordó cómo la tocaba en la penumbra, con esa urgencia y esa adoración mezcladas, como si quisiera memorizar cada centímetro de su piel, cada lunar, cada gemido que salía de su boca.
Agarró el celular de la mesita de noche. Abrió el chat que mantenía oculto y, sin pensarlo dos veces, escribió un mensaje corto y directo:
“¿Puedo verte?”
Le dio a enviar.
Al instante, sintió una mezcla rara en el pecho: un poco de vergüenza por buscarlo solo cuando el mundo se le caía encima, usándolo como un pañuelo, pero también una prisa que actuaba como un sedante para sus nervios.
Sabía perfectamente que estaba usando a Carlos como una vía de escape para no pensar en su desastroso matrimonio, pero en ese momento le importaba un bledo.
Ya no era la esposa sumisa, aburrida y de adorno; con Carlos había descubierto que era una mujer pasional, fogosa, sensual.
Había probado lo rico que era el sexo de verdad, sin ataduras ni desprecios, y lo necesitaba ahora mismo para volver a respirar.
***
Corporación Grimaldi.
Víctor estaba revisando unos contratos frente a la computadora cuando la pantalla de su teléfono personal se iluminó.
Leyó el nombre oculto en la notificación y el pulso se le aceleró de inmediato, golpeándole en el cuello. Abrió el mensaje de Amanda y sintió una sacudida directa en el pecho.
Cerró los ojos y se recostó pesadamente en la silla.
Daniel, al otro lado de la línea, soltó un silbido largo y asombrado.
—Mierd4... ¿Estás seguro de lo que vas a hacer? Es un salto al vacío sin paracaídas, Víctor. Si le dices la verdad de golpe, puede que la pierdas para siempre.
—Completamente seguro. Es hora de que ella sepa la verdad de una maldita vez. No puedo seguir cogiendo con mi propia esposa a escondidas.
Víctor colgó el teléfono sin esperar más sermones.
Agarró su celular personal, abrió el chat de Amanda y comenzó a escribir. Le respondió confirmando el encuentro en la habitación de siempre.
Al darle a enviar, un hormigueo de pura ansiedad le recorrió el cuerpo entero, desde la nuca hasta la punta de los pies.
Mañana. Mañana por fin todo iba a cambiar.
Se levantó del escritorio de un salto, agarró su saco y caminó hacia la puerta con una mezcla de terror puro y determinación. Ya estaba decidido.
Iba a dejar caer el disfraz, iba a romper la mentira y rezaba con cada fibra de su ser para que Amanda pudiera perdonarlo.
Porque si no lo hacía, si la rabia y la traición le ganaban al amor... habría perdido definitivamente todo lo que realmente le importaba en esta vida.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Engañada por mi esposo: mi amante perfecto era mi esposo.
El contenido del capitulo 21 es el capitulo 19. Si repite, por favor, pueden verificar?...