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Engañada por mi esposo: mi amante perfecto era mi esposo. romance Capítulo 43

El silencio absoluto de Víctor en la oscuridad oprimió el pecho de Amanda.

Era un silencio pesado, asfixiante. Nunca lo había sentido así de tenso, tan lejano a pesar de tenerlo a escasos centímetros de distancia, compartiendo el mismo aire de la habitación.

—Dime algo, Carlos, porque realmente me estás preocupando —le dijo ella, mucho más nerviosa, acariciándole la mandíbula y el cuello con ambas manos para intentar relajarlo.

Víctor se tensó aún más bajo su tacto, los músculos de su rostro parecían de piedra, y comenzó a respirar con dificultad, casi ahogándose con su propia culpa.

—Mírame... tenme confianza. Yo sé que te pasa algo grave, dímelo de una vez, para eso estamos aquí.

Víctor estaba completamente agotado mental y físicamente. Sintió que no podía ocultarse ni un segundo más bajo esa fachada.

Intentó tragar saliva y responder con la voz rasposa, fingida y un poco ronca de Carlos para ganar tiempo, pero la mentira se le atascó en la garganta.

—Amanda...

Pronunció su nombre con su voz real. Amanda se inmovilizó de pies a cabeza, como si le hubieran dado una descarga eléctrica directa al corazón.

—¡Qué...! —soltó ella, apartando las manos de su rostro como si de repente la piel de él quemara.

Víctor cerró los ojos por un instante.

Ya no había punto de retorno. La bomba acababa de estallar y él mismo había presionado el detonador.

Ella tragó saliva con mucha dificultad, retrocediendo un milímetro, tratando de que su cerebro procesara lo imposible.

—Carlos... esa voz...

Víctor levantó la mano derecha, que le temblaba ligeramente, y de un tirón se arrancó la barba postiza, dejándola caer al suelo.

Amanda, al escuchar el roce brusco y ver caer la sombra del vello falso en la penumbra de la habitación, se tensó por completo, retrocediendo de golpe, chocando con sus propios pies.

—No... ¿qué haces? Espera... —balbuceó, con el pánico y la confusión apoderándose de su respiración.

Pero Víctor no podía alargar la tortura ni un segundo más. Estiró el brazo y prendió el interruptor de la luz.

La luz blanca inundó la habitación de repente. Amanda parpadeó, cegada, cubriéndose la cara con la mano.

Frente a ella, sin darle tiempo a reaccionar, Víctor se sacó rápidamente los pupilentes oscuros y los tiró a la alfombra.

Sus verdaderos ojos azules, enrojecidos y llorosos, quedaron totalmente al descubierto.

Sin el cabello oscuro ni las cejas falsas, el disfraz se esfumó por completo. Era Víctor Grimaldi.

Amanda parpadeó un par de veces, totalmente desconcertada. Los labios le temblaron y la voz apenas le salió, incrédula.

—Por Dios... ¿Víctor?

—Sí. Soy yo... —respondió él, con la voz quebrada.

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