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Engañada por mi esposo: mi amante perfecto era mi esposo. romance Capítulo 44

Más tarde…

Las horas pasaban, pero para Amanda la madrugada era un infierno.

La mentira de Víctor todavía le revolvía el estómago y sentía un malestar que apenas la dejaba respirar.

Encerrada en su cuarto, sacaba la ropa del clóset y la tiraba a lo loco dentro de la maleta. Metía zapatos y vestidos sin ningún orden.

Solo quería empacar rápido para no pensar y que amaneciera de una vez para largarse de esa casa para siempre.

De pronto, una sombra cortó la luz que entraba por el pasillo.

Víctor ya estaba allí.

Se había quedado parado en el marco de la puerta, observándola en silencio, con la camisa arrugada y una expresión indescifrable en el rostro.

Amanda no lo había escuchado llegar, y al verlo plantado ahí, toda la sangre le subió a la cabeza.

—¡Lárgate! —le gritó a todo pulmón, señalando la salida enfurecida—. ¡No te quiero ver! ¡Salte de mi cuarto!

Víctor ni siquiera se inmutó ante el grito.

Tenía la cara demacrada, los ojos hundidos por la mala noche, pero mantuvo la postura.

—Tranquila, Amanda. No vengo a rogarte ni a pedirte perdón, porque sé que no me lo vas a dar. Lo hecho, hecho está —le dijo con una voz extrañamente muerta, apagada—. Guarda tus cosas. Desempaca esa maleta.

Amanda soltó una blusa de seda que llevaba en las manos y apretó los puños.

—Tú no me das órdenes, Víctor. ¿Quién te crees que eres? Me largo hoy mismo. No voy a respirar el mismo aire que tú ni un segundo más.

—Te quedas en tu casa, Amanda —la cortó él en seco, con un tono definitivo que no dejaba espacio a réplicas—. Esta mansión es tuya. El que se va soy yo.

Sin esperar una sola palabra de respuesta, Víctor dio media vuelta y desapareció por el largo pasillo.

Amanda se quedó pasmada en el sitio. La rabia se le congeló en el pecho, dejándola con la respiración a medias y las manos sobre la ropa hecha un desastre.

En su propia habitación, Víctor caminó directo al vestidor. Agarró un bolso de viaje de cuero negro y empezó a meter un par de mudas de ropa, lo básico para sobrevivir un par de días.

—¡Martina! —gritó, llamando a la empleada de más confianza que siempre cubría las noches—. ¡Martina, ven a mi habitación rápido!

Mientras esperaba, sacó el celular del bolsillo y marcó el número de su mejor amigo.

—Daniel, voy saliendo para tu apartamento ahora mismo —soltó Víctor en cuanto el otro contestó—. Ábreme la puerta y hazme un espacio en el sofá.

—Uy, hermano... Ya me imagino que Amanda te bateó con las bases llenas después de que se cayó el teatrito de Carlos, ¿verdad? Se armó Troya.

Capítulo 44. Deseo irracional. 1

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