Amanda y Adriana se disponían a subir al auto.
La euforia del contrato millonario aún vibraba en el pecho de Amanda, una sensación de triunfo que se vio interrumpida por una voz jadeante tras ellas.
—¡Arquitecta! ¡Espere! —Un joven asistente de la oficina de Alfredo Reyes se acercó corriendo, recuperando el aliento mientras sostenía un espectacular ramo de orquídeas blancas. —Disculpe, lo dejó olvidado sobre el escritorio de mi jefe.
Amanda parpadeó, sorprendida, y extendió las manos para recibir el pesado arreglo. El aroma dulce y sofisticado de las flores la envolvió de inmediato.
—Muchas gracias, qué amable —respondió con una sonrisa amable.
—De nada, hasta luego.
El chico se retiró y Amanda acomodó el ramo contra su pecho, sintiendo el tacto frío de los pétalos.
—Casi lo olvido —suspiró, mirando las flores con una mezcla de gratitud y confusión—. Estaba tan emocionada con la firma del contrato que las dejé ahí plantadas.
—Es que están hermosas, Amanda. Míralas, son perfectas —comentó Adriana, aunque su tono delataba cierta inquietud.
Amanda se detuvo antes de abrir la puerta del coche. La curiosidad le ganó a la alegría.
—Y a todas estas... ¿cómo se enteró Donovan de que yo estaba aquí justo hoy?
Adriana guardó silencio un segundo, esquivando la mirada, hasta que finalmente soltó un suspiro de resignación.
—Yo se lo dije...
—¿Adriana? —El tono de Amanda bajó cargado de advertencia.
—¡Ay, es que no me imaginé que mandaría flores! —se defendió Adriana alzando las manos—. Solo quería que supiera que estabas triunfando. Ese hombre es lo máximo, Amanda, es detallista, atento y tiene clase.
Amanda la miró fijamente, con una intensidad que habría hecho temblar a cualquiera.
—Adriana, te lo dije clarito: no quería mezclar el trabajo con estas cosas —soltó Amanda, mientras acomodaba el ramo en el asiento trasero con un toque de fastidio—. No quiero que nadie piense que ando de ofrecida o buscando quién me patrocine justo cuando acabo de cerrar el contrato de mi vida.
Adriana puso los ojos en blanco y se cruzó de brazos.
—¡Ay, por favor! No me imaginé que el hombre se iba a aparecer con semejante ramononon —se defendió Adriana con una sonrisita—. Pero acéptalo, Donovan es un partidazo. Es guapo, tiene clase y está loquito por ti.
Amanda le lanzó una mirada que habría congelado el infierno.
—Adriana... te lo digo en serio. No me ayudes tanto.
—Está bien, está bien, no me mires así que parece que me vas a morder. Súbete ya al carro.



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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Engañada por mi esposo: mi amante perfecto era mi esposo.
El contenido del capitulo 21 es el capitulo 19. Si repite, por favor, pueden verificar?...