Llegó el lunes y el sol de la mañana ya castigaba el terreno de la obra.
Amanda estaba rodeada de planos desplegados sobre una mesa de madera improvisada, con el casco puesto y el ruido de la maquinaria de fondo.
Como arquitecta, su mente solía ser un refugio de líneas rectas y cálculos precisos, pero ese día, los planos parecían borrosos.
De pronto, su mirada se perdió en el horizonte, hacia los edificios que se alzaban a lo lejos, como si el cielo mismo hubiera decidido susurrarle todos esos secretos que ella siempre se negó a escuchar.
El éxito del contrato millonario estaba ahí, bajo sus pies, pero el vacío en su pecho era más grande que cualquier construcción.
Unos pasos suaves sobre la grava la sacaron de ese estupor.
—Amanda, Lucía está aquí —dijo Adriana, acercándose con una expresión que mezclaba la cautela con la lástima.
Amanda parpadeó, tratando de regresar a la realidad del cemento y las varillas.
—¿Lucía? ¿Y eso? ¿Pasó algo?
—Necesita hablar contigo... sobre el divorcio tuyo y de Víctor —soltó Adri en voz baja.
El nombre de Víctor golpeó a Amanda como una ráfaga de aire helado.
Antes, Amanda se pasaba los días gritando que quería el divorcio y buscando cualquier excusa para escapar de ese matrimonio que era puro papel.
Pero que se lo soltaran así ahora, justo después de la noche tan intensa que habían tenido, se sentía como una bofetada que no se esperaba.
Al principio lo pedía llena de rabia, pero ahora que todavía sentía el calor de Víctor en su cuerpo, esa libertad que tanto había buscado le sabía a puro fracaso.
—¿Víctor le pidió verme? —preguntó Amanda, sintiendo que las piernas le flaqueaban.
—Sí, se lo pidió a Fernando y ella vino en su representación.
Amanda se quitó el casco con manos temblorosas y caminó hacia la caseta provisional donde Lucía la esperaba.
Cada paso pesaba una tonelada.
Se sentía ridícula; se suponía que debía estar saltando de alegría porque finalmente obtendría lo que tanto pidió, pero en lugar de eso, sentía que se le cerraba la garganta.
—Lucía... —murmuró Amanda al entrar. Su amiga estaba allí, de pie, sosteniendo una carpeta de cuero que parecía pesar más que todo el edificio que estaban levantando.
—Las dejo solas —intervino Adri, mirando a ambas con cariño—. No siempre estamos las tres reunidas, pero entiendo que necesitan privacidad.
—Te lo agradezco, Adri. Luego tendremos tiempo para compartir las tres, lo prometo —respondió Amanda, tratando de mantener la compostura.
Cuando la puerta se cerró, el aire en la caseta se puso pesadísimo, como si de golpe se hubiera quedado sin oxígeno.
El eco de las máquinas afuera se sentía lejano, y Amanda se cruzó de brazos, apretándoselos con fuerza para intentar ocultar que estaba temblando.


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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Engañada por mi esposo: mi amante perfecto era mi esposo.
El contenido del capitulo 21 es el capitulo 19. Si repite, por favor, pueden verificar?...