El nuevo departamento de Víctor estaba demasiado silencioso para un hombre que había pasado años acostumbrado a estar en compañía, aunque esa compañía hubiera sido, muchas veces, un nudo de tensiones y reclamos constantes.
De pie frente al enorme ventanal, con un vaso de vodka en la mano que apenas había tocado, contemplaba cómo la ciudad de Los Ángeles se extendía bajo sus pies como un tapiz de luces infinitas.
Pero él no veía nada de eso. En su cabeza, como una película que se repetía sin parar, solo estaba la cara de Amanda.
Recordaba su expresión gélida, esa mirada de "ya lo esperaba" cuando la dejó en la cama para salir corriendo a ver al niño.
Ese momento en que la pasión se convirtió en hielo le estaba taladrando el pecho más que cualquier deuda o problema de negocios.
Dejó el vaso en la mesa con un golpe y se pasó una mano por el rostro, frotándose los ojos con cansancio. Pensó en los papeles del divorcio.
Era la única salida para devolverle la libertad que él mismo le había robado con engaños y contratos.
Quizás, liberarla por completo de su sombra era la única prueba de amor real que le quedaba por darle, aunque eso significara quedarse vacío.
El timbre sonó, rompiendo el profundo silencio del penthouse.
Como aún no había contratado servidumbre —ni quería a extraños merodeando su soledad—, caminó hacia la puerta con pesadez.
—Fernando, qué bueno que pudiste venir —dijo Víctor al abrir, sin preámbulos.
—Es de madrugada, Víctor. Casi me matas del susto con esa llamada —respondió Fernando entrando al lugar y soltando un suspiro mientras dejaba su maletín en el sofá—. ¿Qué es tan urgente que no podía esperar a que saliera el sol?
Víctor no lo rodeó con rodeos. Se dio la vuelta y, mirando de nuevo hacia el ventanal, soltó la bomba:
—Quiero darle el divorcio a Amanda. Cueste lo que cueste, Fernando. Haz los papeles.
Fernando se quedó mudo un segundo, procesando la información. Se aflojó la corbata y caminó hacia su amigo.
—¿Estás loco? Víctor, tus acciones de la empresa están atadas a ese matrimonio. Lo sabes muy bien. Fue la última voluntad de tu abuelo y, seamos honestos, fue tu jugada maestra para atar a Amanda a tu lado. Si firmas eso, legalmente te estás pegando un tiro en el pie con la junta directiva.
—No me importa la junta ni las acciones —replicó Víctor con una voz ronca—. Quiero que prepares todo ya mismo y se los entregues a Lucía para que ella hable con Amanda. No quiero que esto sea otra pelea, quiero que sea su salida de emergencia.

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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Engañada por mi esposo: mi amante perfecto era mi esposo.
El contenido del capitulo 21 es el capitulo 19. Si repite, por favor, pueden verificar?...