Amanda estaba sola en su habitación, el silencio de la mansión se sentía más pesado que nunca.
El sobre amarillo que le había entregado Lucía seguía intacto sobre la mesita de noche, brillando bajo la luz de la lámpara como una advertencia silenciosa.
Llevaba así más de una hora, simplemente mirándolo. Sentía el peso de lo que contenía sin atreverse a romper el sello.
Víctor Grimaldi le había dado, finalmente, lo que le correspondía por ley: el divorcio y esa tan anhelada libertad que ella le había gritado a la cara tantas veces.
Sin embargo, Amanda sabía que lo que Víctor había impuesto en esas páginas, lo que él había callado durante tres años de un matrimonio que empezó como un contrato y terminó siendo una guerra de sentimientos, no podía devolvérselo ningún fajo de billetes ni ninguna herencia.
Y ella tenía miedo. Un miedo intenso a leer esas cláusulas.
Porque si las leía, si dejaba que la voz de Víctor entrara en su cabeza a través de las palabras del contrato, no sabía si tendría la fuerza suficiente para seguir adelante con el proceso.
Respiró hondo, con el corazón martilleándole en las costillas, y tomó el sobre entre sus manos.
Sus dedos rozaron el borde del papel, dispuesta a romper el sello de una vez por todas, cuando un ligero golpe sonó en la puerta.
—¿Señora? Buen día... ¿va a desayunar? —era la voz suave y familiar de Martina.
Amanda soltó el sobre casi de golpe, como si quemara.
—Sí, Martina. Gracias.
—Si gusta, le traigo la comida a la habitación, se ve que no ha descansado bien —ofreció la empleada asomándose apenas.
—No, tranquila. Yo bajo en un momento —respondió Amanda, tratando de recomponer su semblante.
Martina entró un par de pasos, observando a Amanda con esa mirada analítica que solo tienen las personas que han servido en una casa por años.
Disimuló un poco, pero no pudo evitar que se le escapara la preocupación.
—Señora, disculpe que me meta donde no me llaman, pero la noto un poco triste. Más de lo usual.
Amanda soltó una risa amarga y se sentó en el borde de la cama, mirando hacia la ventana.
—Y creo que tienes razón, Martina. Tú más que nadie sabes las cosas que pasan en esta casa. Sabes que aquí las paredes hablan.
Martina bajó la vista al piso, moviendo nerviosamente las manos sobre su delantal.
—Víctor no lo permitirá, Martina —trató de consolarla Amanda, aunque sus propias palabras le sonaban vacías—. Él les tiene mucha confianza. No los va a echar a la calle solo porque yo ya no esté.
—Señora, pero esta casa sin usted no será la misma —insistió Martina con voz quebrada—. Usted es la que siempre está al pendiente de todo.
Amanda sintió que el pecho se le apretaba.
La lealtad de Martina le dolía porque le recordaba que, a pesar de todo el drama con el amante secreto y el hijo de Víctor, ella había construido un hogar en esas cuatro paredes.
Había cuidado a cada empleado, conocía sus nombres, sus historias y sus penas.
—No me hagas esto, Martina —susurró Amanda—. No me pongas el peso de toda la casa sobre los hombros. Yo también necesito respirar. Necesito saber quién soy fuera de este apellido.
—Yo la entiendo, señora —dijo Martina, secándose una lágrima discreta—. Pero me da pena pensar en lo que vendrá.
Amanda cerró los ojos, soltó el aire con fuerza y guardó silencio. Las palabras de Martina eran como sal en una herida abierta.
Se quedó ahí, sentada, con el sobre amarillo esperándola en la mesita de noche.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Engañada por mi esposo: mi amante perfecto era mi esposo.
El contenido del capitulo 21 es el capitulo 19. Si repite, por favor, pueden verificar?...