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Engañada por mi esposo: mi amante perfecto era mi esposo. romance Capítulo 65

El rugido del motor del deportivo de Víctor se escuchó desde la entrada, pero no se detuvo en el garaje.

Él no esperaba a que le abrieran; simplemente entró a la mansión impulsado por una urgencia que no sabía explicar, una mezcla de desesperación e intranquilidad que le quemaba la sangre.

Caminó con paso firme hacia el jardín trasero, donde sabía que Amanda solía buscar refugio.

Amanda estaba allí, desayunando en la terraza, rodeada por el aroma del café y el silencio de la mañana.

Al escuchar los pasos pesados sobre el suelo, levantó la cara con asombro.

Su cara se transformó en un segundo: se le borró la tranquilidad del rostro y se puso rígida, tratando de parecer indiferente, aunque por dentro el dolor le estaba ganando la partida.

—Víctor… —pronunció su nombre como un suspiro cargado de reproche.

Él no se sentó. Se quedó de pie, proyectando su sombra sobre la mesa, con los ojos clavados en los de ella. Tenía el aspecto de un hombre que no había dormido en días.

—¿Leíste los papeles del divorcio? —soltó él, sin preámbulos, con la voz ronca.

Amanda dejó la taza sobre el plato con un tintineo. Su mano tembló apenas un segundo antes de que lograra controlarla.

—Justo después de desayunar iba a eso… —respondió ella, desviando la mirada hacia el jardín—. Lucía me los entregó ayer.

El silencio que siguió después fue tan denso que podría cortarse con el filo de una de las piezas de platería de la mesa.

Era un silencio cargado de energía, de recuerdos de las noches anteriores y de la rabia que ambos se profesaban por no saber cómo amarse sin destruirse.

—¿Entonces qué esperas? —insistió Víctor, dando un paso hacia ella—. Tienes lo que querías, Amanda. Tienes la libertad, la herencia, el apellido si lo quieres conservar… Tienes todo para largarte lejos de mí.

Amanda se puso de pie, enfrentándolo con la barbilla en alto.

La cercanía de Víctor siempre le robaba el oxígeno, y hoy no era la excepción. Podía oler su perfume, ese aroma tan divino que la volvía loca.

—¡No me hables como si me estuvieras haciendo un favor! —estalló ella—. Me das la libertad ahora que te conviene, ahora que Melissa y tú seguramente quieren seguir con lo suyo. Me mandas los papeles con Lucía porque no tienes el valor de decirme que prefieres estar con ella.

Amanda lo vio alejarse y sintió que el corazón se le salía del pecho.

Vio al hombre que la había engañado, al que la había vigilado bajo una máscara, pero también al único que lograba encenderla con solo mirarla.

El miedo a perderlo de verdad, a que ese divorcio fuera el final definitivo, le ganó al orgullo.

—¡Víctor! —gritó ella antes de que cruzara la puerta.

Él se detuvo en seco, pero no se atrevió a girar la cara.

Amanda corrió hacia él, rodeándolo por la cintura desde atrás, apretando su rostro contra su espalda y mojándole la camisa con sus lágrimas.

—No te vayas... —murmuró Amanda, con la voz totalmente quebrada—. Por favor, no te vayas hoy.

Víctor cerró los ojos y puso sus manos sobre las de ella, rindiéndose. Sabía que era un error, que la casa seguía llena de fantasmas, pero no pudo dar un paso más.

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