Amanda cruzó la puerta de la mansión Grimaldi arrastrando los pies.
El día había sido una locura absoluta, una montaña rusa corporativa, llamadas, correos y planos de última hora.
Se quitó los tacones apenas pisó del recibidor, soltando un suspiro de puro agotamiento.
Caminó descalza por los amplios pasillos, sintiendo un cansancio brutal pesándole en los hombros, como si de repente toda la energía que había derrochado en la oficina le estuviera pasando factura de un solo golpe.
Subió las escaleras a paso lento y entró a su habitación.
Se dejó caer boca abajo sobre el inmenso colchón de sábanas de seda, sin siquiera quitarse el traje que llevaba puesto.
Cerró los ojos, deseando que el mundo se apagara por unas cuantas horas.
Unos suaves toques en la puerta la obligaron a girar la cabeza.
—Señora Amanda, disculpe la interrupción —dijo Martina, la ama de llaves, asomando la cabeza—. Le traje la cena a la habitación. El señor Víctor llamó hace un rato para avisar que venía en camino a visitarla, y me pidió estrictamente que me asegurara de que usted comiera algo nutritivo después de un día tan pesado.
—Gracias, Martina. Eres un ángel, déjalo ahí en la mesa pequeña —murmuró Amanda, sentándose en el borde de la cama con pesadez, frotándose los ojos.
Martina dejó la bandeja con la cena sobre la mesa y se retiró en silencio. Amanda se acercó arrastrando los pies, pero apenas estuvo a medio metro del plato, se detuvo de golpe.
Era pescado al vapor con vegetales. Su cena favorita.
Sin embargo, el olor tibio del brócoli la golpeó de frente como una bofetada. Un asco inmediato le revolvió el estómago con tanta brusquedad que un sudor frío le recorrió el cuello.
El mareo la dejó sin aire. Se tapó la boca con las manos y corrió al baño tropezando con la alfombra.
Cayó de rodillas frente al inodoro apenas a tiempo para devolver lo poco que tenía en el estómago.
Estaba temblando de debilidad, con la garganta ardiéndole, cuando la puerta de la habitación se abrió.
Víctor entró, con el saco del traje colgado al hombro.
—Amanda, ya llegué... —empezó a decir, pero se detuvo al ver la habitación vacía y escuchar el ruido del agua corriendo en el lavamanos del baño.
Víctor tiró sus cosas en el sillón y fue directo a la puerta entreabierta.
Amanda iba saliendo justo en ese momento, secándose la boca con una toallita. Estaba blanca como un papel, con un sudor frío perlándole la frente.
A Víctor se le borró el cansancio de repente.
Frunció el ceño, alarmado, y en dos pasos estuvo frente a ella, tomándole la cara entre las manos para revisarla con preocupación.
—Mierd4, Amanda, estás helada y pálida —murmuró, pasándole el pulgar por la mejilla—. ¿Qué te pasa? ¿Te sientes mal?
—Estoy bien... —susurró ella, aunque su voz sonó débil y rasposa—. Es solo que el olor de los vegetales de la cena me dio un asco terrible. Tuve que ir al baño a vomitar.


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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Engañada por mi esposo: mi amante perfecto era mi esposo.
El contenido del capitulo 21 es el capitulo 19. Si repite, por favor, pueden verificar?...