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Inalcanzable: Mi esposa ya no me ama romance Capítulo 178

Mientras tanto, Cristina, sentada en el asiento del copiloto, no dejaba de lanzar miradas disimuladas a Hugo.

Estaba de un humor excelente.

Hugo siempre se pondría de su lado.

Al llegar a la empresa, Hugo desbloqueó lentamente las puertas.

Cristina pensó que él la acompañaría a la oficina.

—Entra tú, tengo cosas que hacer —dijo Hugo, y apenas ella se bajó, arrancó el auto y se fue.

Cristina se quedó un poco descolocada, pero pensó que seguro tendría asuntos urgentes que atender, así que no le dio importancia y caminó hacia el edificio.

Hugo, por su parte, hizo un par de llamadas y citó a sus amigos para beber.

Sentía una frustración inexplicable que le quemaba el pecho y necesitaba un lugar para desahogarse.

En la sala privada ya estaban Mateo Quintanilla, Adrián Mendoza y Felipe.

Ver a Hugo beber con tanto rencor dejó perplejos a todos, menos a Mateo.

—¿Será que al señor Yáñez le rompieron el corazón? —bromeó alguien.

En todos los años de conocerlo, era la primera vez que lo veían así.

Había tirado su saco de diseño en una esquina del sofá, traía la camisa negra desabotonada, y sobre su pecho musculoso habían caído un par de gotas de alcohol. Desde que entraron, no había dejado de empinarse la botella.

Mateo le lanzó una mirada fría.

Y luego soltó un comentario que dejó a los demás con la boca abierta:

—A lo mejor su esposa se fugó con otro.

Hugo le clavó una mirada asesina, pero a Mateo no se le movió un solo pelo.

Viendo la actitud de Hugo, estaba seguro de que había acertado.

La pregunta del millón era: ¿quién sería el atrevido capaz de robarse a Vania Zapata, la mujer que había amado a Hugo con locura durante cinco años?

Era sorprendente que en toda Nueva Alborada hubiera un hombre con más encanto que Hugo Yáñez. Vaya giro de los acontecimientos.

—Si tienes ganas de morir, Mateo, solo dilo —masculló Hugo, con los ojos inyectados en sangre.

Parecía un jaguar a punto de saltar para hacer pedazos a su presa.

Mateo lo ignoró y se fue a sentar al otro extremo del sofá para seguir bebiendo en paz, aunque sus ojos brillaban con clara diversión.

—Qué raro que Rodrigo no haya llegado. Llámenlo para que se apure.

Mientras platicaban, la puerta del privado se abrió de golpe.

Hablando del rey de Roma...

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