—¿Qué es? Déjenme ver —dijo Felipe, acercándose para curiosear.
Incluso Mateo, que siempre mantenía la compostura, mostró interés. Dejó su copa en la mesa y se inclinó para mirar.
Hugo extendió el brazo y arrebató los papeles al instante.
Al echarles un vistazo, casi escupe sangre.
Era su cuerpo expuesto en todo su esplendor sobre el papel.
Las cabezas de las personas en el dibujo habían sido arrancadas.
Una de las ilustraciones detallaba la firme y musculosa espalda del hombre. Y de la mujer solo se veían un par de piernas kilométricas; lo demás quedaba a la imaginación.
Hugo reconoció de inmediato el estilo de dibujo.
Era idéntico al del cómic de Vania.
Exactamente igual.
³Cómo diablos terminaron esos dibujos en manos de Rodrigo Quintana?
¿Y por qué no tenían caras?
—Enséñamelo un ratito —insistió Felipe, pero Hugo lo empujó sin miramientos.
—Adrián, ¿qué demonios viste?
Adrián tragó saliva, intimidado por la mirada asesina de Hugo.
—Na... nada, solo unos papeles sueltos, te lo juro que no vi nada.
Era la primera vez que apreciaba a Hugo en toda su gloria. La verdad, estaba impresionado; como hombre, había que reconocerlo. Con razón su esposa estaba tan obsesionada con él.
—Oye, Hugo... tantos años de conocernos. ¿Qué te dan de comer en tu casa para que estés tan... imponente?
—¿Imponente de qué? —preguntó Felipe, confundido.
Mateo no quería quedar como un pervertido, pero por desgracia, él también había entendido. Casi escupe su bebida.
El rostro de Hugo se tornó oscuro y amenazante. Guardó los papeles en su bolsillo y se puso de pie.
—Tengo cosas que hacer. Me largo.
Hugo salió del reservado envuelto en un fuerte olor a alcohol.
La mejilla le palpitaba de dolor y tenía el labio partido.
En cuanto se fue, Adrián abrió la boca de par en par.
—No manches, Hugo es una bestia. Oye, Mateo, tú eres doctor, seguro lo has notado.
Mateo lo miró como si fuera un completo idiota y soltó con calma:
—Soy médico internista. No me dedico a revisar próstatas.
Los tres hombres se quedaron en el reservado discutiendo sobre anatomía.
Hugo regresó a Villa Ébano apestando a alcohol.
Marta se llevó un buen susto al verlo.
—Señor, ¿qué le pasó? ³Está herido?
¿Quién se atrevería a ponerle una mano encima a su jefe?
Hugo hizo un gesto de fastidio con la mano.
—No es nada. ¿Y la señora?
Esa mujer era la culpable de todo. Si quería dibujar cosas así para entretenerse, bien, pero ¡¿tenía que andarlas enseñando por ahí?!
Si él no hubiera sabido defenderse de los golpes furiosos de Rodrigo, ya estaría en terapia intensiva.
—La señora aúñ no llega. Miguel trajo a la niña, ya hizo su tarea y está dormida.
—³Aúñ no llega?
Hugo miró su reloj. Casi las diez de la noche.
¿Qué clase de trabajo de oficina tenía una mujer que no la dejaba volver a casa a las diez de la noche?
Un resentimiento amargo brotó en su pecho.
Sacó el celular y la llamó.
Sonó tres veces antes de que contestaran.
—Hola... —La voz de Vania sonó clara al otro lado de la línea.
—³Todavía no regresas? —Hugo sonaba como un marido despechado.
Hugo ni se molestó en responder a la cortesía, y con el rostro adusto empujó a Vania hacia el interior de la camioneta.
En la oscuridad de la noche, Yago se quedó viendo cómo se llevaban a la mujer que admiraba, sintiendo un sabor amargo en la boca.
Ya en el auto, Vania estaba indignada. Le dio un manotazo al brazo de Hugo e intentó sentarse lo más lejos posible de él.
Aúñ recordaba que ese hombre tenía los instintos de un animal en celo; siempre dispuesto a hacerle de todo sin importar el lugar. Especialmente en esa camioneta, donde ya habían pasado muchas cosas. Estaba al borde del trauma.
—Señor Yáñez, ¿le sobra tiempo o qué? —escupió ella—. ³Acaso no tiene nada mejor que hacer que venir a Grupo Nexo a vigilarme?
—La ónica que tiene tiempo de sobra aquí eres tú.
Hugo dejó caer los dibujos sobre el regazo de Vania.
A la luz de los faroles que se filtraba por la ventana, Vania reconoció los trazos. Su corazón dio un vuelco.
—Esto es...
Sintió un hueco en el estómago.
Esas eran las hojas sueltas que le había dado a Natalia Funes. ³Cómo habían llegado a las manos de Hugo?
—Ah, ¿ahora me vas a decir que no sabes qué es? —se burló Hugo. Había pensado que ella dibujaba esas barbaridades para disfrute personal, pero resultó que le encantaba compartirlo con su amiga.
Entonces, ¿cuánto tiempo llevaba presumiendo de su intimidad con Natalia?
—Yo... no sé de qué hablas.
Vania no se atrevió a decir más. Hugo le quitó los dibujos de las manos y comenzó a examinarlos frente a ella.
Vania amagó con arrebatárselos, pero, evaluando la diferencia de fuerza entre los dos, decidió no moverse.
—Tengo una duda —dijo Hugo de pronto, tras revisarlos por enésima vez.
—¿Mm? —Las orejas de Vania ardían y entrelazaba los dedos con nerviosismo.
—¿Dónde quedaron las caras de las personas de los dibujos? Cuando Rodrigo me los tiró, ¿por qué los rostros del hombre y la mujer estaban arrancados?
Vania empezó a tartamudear.
—Mira, déjame explicarte.
Hugo giró la cabeza y la miró con gran interés.
—Adelante, te escucho. Más te vale inventarte una buena excusa.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Inalcanzable: Mi esposa ya no me ama
Debería dejar algo para uno ver mas...
Buenas tardes soy de Venezuela me encanta INALCANZABLE MI ESPOSA YA NO ME AMA, LÁSTIMA QUE DAN MUY POCO CAPITULO DESBLOQUEADO NO DAN PARA UNO GANAR PUNTO O BONO, YA QUE AQUI NO SE PUEDE ACCEDER PARA VER O PAGAR LOS CAPITULO...
Muy buena novela por favor más capitulos desbloqueados.gracias...
Los capítulos no salen completos aunque uno desbloquee, estoy pagando por desbloquear pero hay partes q faltan...