Las palabras de la abuela hicieron que el rostro de Cristina pasara del rojo al blanco.
Sonia se enfureció al escuchar el nombre de Vania.
—Mamá, yo creo que Cristina y Hugo hacen una pareja perfecta. Es cuestión de tiempo para que terminen juntos. Es Vania la que no tiene dignidad y se empeña en aferrarse a él.
—No es cierto.
—¡Qué barbaridad!
Hugo y la abuela exclamaron al mismo tiempo.
Desde que la abuela comenzó a regañar a Cristina, Hugo ya había apartado su brazo disimuladamente.
—Cristina y yo siempre seremos cuñados, nada más. Nunca habrá otro tipo de relación.
Cristina palideció, sin esperar que él dijera eso.
Sonia se puso roja de la rabia.
La abuela se sorprendió un momento, pero al ver la actitud de su nieto, sonrió.
—Cristina, ¿escuchaste? Conoce tu lugar.
Luego señaló a Sonia.
—Cristina todavía es joven y no sabe lo que hace, ¿pero tú? Aún no estás vieja para estar tan senil. Lo de ellos es cosa del pasado. Como suegra, no tienes una pizca de decencia.
En lugar de ayudar a que Hugo y su esposa arreglen su matrimonio, vienes aquí a estorbar. Si quieres seguir siendo la matriarca de la familia Yáñez, más vale que reflexiones sobre tus actos.
Ante esa reprimenda, Sonia no se atrevió a decir ni pío.
—Bueno, ya váyanse todos. Es hora de cenar y tengo hambre.
La abuela se apoyó en la nana para caminar.
Justo debajo de donde estaba sentada había un libro.
Hugo le echó un vistazo e intentó tomarlo.
La abuela se alteró y se lo arrebató de las manos.
—No toques las cosas de esta vieja. Qué falta de respeto.
La abuela lo escondió como si fuera un tesoro, apretándolo contra su pecho.
La mirada de Hugo se oscureció.

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