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Inalcanzable: Mi esposa ya no me ama romance Capítulo 202

Natalia sonrió, genuinamente intrigada.

—A ver, cuéntame más.

Vania mantuvo una calma absoluta, como si estuviera presentando un proyecto de negocios.

—Voy a lanzar una convocatoria a través de las redes sociales usando la cuenta de Vina. Al final de cuentas, los derechos de autora me pertenecen. Movilizaré a mis seguidores para que hagan guardia...

En menos de diez minutos, Vania diseñó un plan de venganza impecable. Al terminar, se quedó en silencio, esperando el veredicto de su amiga.

—Mmm... Legalmente es cuestionable, pero me encanta —sentenció Natalia—. Y sabes que borrar la evidencia es mi especialidad.

Las dos pasaron toda la tarde pegadas al teléfono puliendo los detalles hasta que el plan quedó sellado.

Mientras tanto, Yago seguía en su oficina, reflexionando sobre la inmensa madurez de Vania. Aquella lección lo impulsó a trabajar con más fuerza y a cuestionarse aún más la naturaleza humana.

Tres días después, llegó el esperado día de la reunión de padres de familia.

Vania había esperado a Hugo en casa durante dos largas horas. Cuando la hora de inicio estaba casi encima, él seguía sin aparecer.

Sin más opciones, se adelantó y llevó a Lunita a la escuela.

Al llegar, se dieron cuenta de que casi todos los niños iban de la mano de su papá y su mamá. Se trataba del preescolar más exclusivo de Nueva Alborada, donde los padres se tomaban la educación de sus hijos con una seriedad extrema. Rara vez alguien faltaba a un evento escolar.

Lunita ya sospechaba que, una vez más, su papá no llegaría. Su pequeña mirada no podía ocultar la decepción.

—Tranquila, mi amor. Papá lo prometió, seguro que viene —le dijo Vania, aferrándose a la esperanza hasta el último segundo.

Le resultaba inconcebible que un hombre le fallara a su propia hija de esa manera. Incluso el padre más común haría lo imposible por no decepcionar a sus hijos, mucho menos alguien con los recursos de Hugo Yáñez.

Lunita sorbió por la nariz, aguantando las lágrimas.

—Papá nunca ha venido a la escuela. Nadie lo conoce.

Vania forzó una sonrisa cariñosa para consolarla.

—Tal vez hubo una emergencia en la empresa de papá. ¿Te parece si lo esperamos un poquito más?

Madre e hija se quedaron de pie junto a la entrada de la escuela. Diez minutos más tarde, el auto de Hugo por fin apareció. Vania lo reconoció al instante por la placa y el modelo.

Justo cuando estaba a punto de tomar la mano de Lunita para acercarse con alegría, la puerta del auto se abrió.

Hugo había llegado.

Cristina no quiso quedarse a averiguar qué pasaría. Le tenía cierto pavor a Vania y temía que la humillara frente a todos, algo de lo que Vania era perfectamente capaz.

—Está bien, habla tranquilo con ella —respondió Cristina, fingiendo dulzura.

La mirada de Hugo se oscureció ligeramente.

—Sí, adelántate. Yo me encargo de esto.

Sonaba como la promesa de un esposo dispuesto a proteger a su mujer contra todo.

Hugo se giró, encarando a Vania con absoluta tranquilidad. No había ni un rastro de culpa en su rostro.

—¿Así es como cumples lo que me prometiste? —espetó Vania.

Hugo la miró de reojo, con una frialdad pasmosa, como si ella y su hija fueran invisibles.

—Yo... ¿qué te prometí exactamente? Señorita Zapata, estamos en público. ¿Acaso ya no le importa su imagen?

Ese comentario fue como una estocada al corazón. Como no podían revelar su verdadero vínculo matrimonial ante el mundo, su reclamo en medio de tanta gente rompía las reglas que él mismo le había impuesto.

Pero a Vania ya no le importaba el qué dirán. Lo único que quería saber era cómo un hombre podía ser tan desalmado como para romperle el corazón a su propia hija.

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