Pensando en eso, Elena no pudo evitar sentir un poco más de repulsión hacia Vania.
—Cris, ¿por qué no suben tú y Hugo a ver cómo está Xavier? Me preocupa que por estar jugando no quiera comer. Él le hace mucho caso a Hugo...
Al ver que la pareja ya había terminado de comer, Elena buscó una excusa para alejarlos de la mesa.
A fin de cuentas, Vania también era su hija, y no quería que ciertas palabras la hicieran quedar como una madre parcial frente a Hugo.
No quería dejarle una mala impresión a su futuro yerno.
—Hace mucho que Vania y yo no nos vemos, quiero platicar un rato a solas con ella.
Cristina entendió al instante: su madre iba a darle una lección a Vania.
Hugo también se levantó. Durante todo el rato, no le había dirigido ni una sola mirada a Vania.
Justo antes de subir las escaleras, Hugo murmuró algo que solo Vania pudo escuchar.
—Me dijiste que no te importaban las acciones de los Zapata, y aquí estás, lista para reclamarlas. Qué hipócrita eres.
Cristina, que iba unos pasos adelante, notó que Hugo no la seguía y volteó.
Al ver que parecían estar susurrándose algo, una sombra de molestia cruzó por su rostro. Regresó rápidamente y se aferró al brazo de Hugo frente a Vania, sin ningún pudor.
—Hugo, ¿de qué estaban hablando?
Vania retrocedió un par de pasos, marcando su distancia con él.
La mirada de Hugo se oscureció. ¿Qué significaba esa actitud?
Con una sonrisa burlona en los labios, Vania respondió con ironía.
—Tranquila, no hablábamos de nada importante. No tengo ningún interés en robarme al hombre de otra. Yo sí tengo vergüenza.
Era una indirecta muy directa. Después de todo, Hugo seguía siendo el esposo de Vania en papel, por lo que decir eso era lo mismo que insultar a Cristina en su cara.
Cristina no era tonta; captó el mensaje a la perfección.
Pero no se dejó provocar.
—Para robarse a un hombre hay que tener encanto, y es evidente que tú no das la talla.
Dicho esto, subió las escaleras del brazo de Hugo.
Vania torció la boca.
A un hombre como Hugo, ni envuelto para regalo lo aceptaría.

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