—Imprímelo, lo firmo y pongo mi huella —respondió Vania con frialdad.
No necesitaban un mes, mañana mismo lo harían.
Eufórica, Elena subió casi corriendo a buscar a Cristina.
Vania se quedó sentada en la enorme mesa redonda. De repente, al ver el suculento banquete frente a ella, se le abrió el apetito.
Estaba comiendo con ganas cuando escuchó una voz grave a su lado, cargada de incredulidad.
—¿Eres... Vania?
Vania giró el rostro y se encontró con los ojos del hombre que había sido la peor pesadilla de toda su juventud.
¿Santiago Figueroa?
Santiago acababa de bajar del avión y había vuelto a casa sin avisarle a su esposa.
Nunca imaginó encontrarse con semejante sorpresa en su propio comedor.
De inmediato, los ojos de Vania se llenaron de un asco y un resentimiento profundos.
—De verdad eres tú, Vania. ¿Qué haces aquí? Han pasado muchos años desde la última vez que nos vimos. Mírate, te has convertido en...
Santiago no hizo el menor esfuerzo por ocultar la mirada asquerosa y lujuriosa que recorría cada curva de la figura de Vania.
Después de tanto tiempo sin verla, no podía creer que Vania hubiera florecido hasta convertirse en una mujer que despertaba los instintos más bajos de cualquier hombre.
Ante el escrutinio descarado de Santiago, Vania sintió unas ganas incontrolables de vomitar todo lo que acababa de comer.
Simplemente lo ignoró.
Pero Santiago dejó su portafolios a un lado y comenzó a acercarse a ella, paso a paso...
Mientras tanto, Elena bajaba las escaleras con el contrato firmado por Cristina y la carta de compromiso que había impreso para que Vania firmara el divorcio.
Sin embargo, en el comedor ya no había ni rastro de Vania.
En ese momento, Hugo y Cristina también bajaron de la planta alta.
—¿Mamá? ¿Ya se fue Vania?
Al no verla, Cristina asumió lo obvio.
Seguramente esa mujer había tomado el contrato del Grupo Zapata y había huido.
¡Ja!
Seguro ni se imaginaba que el Grupo Zapata llevaba años reportando pérdidas.


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