La nueva oficina de Alejandro no estaba en la cima de un rascacielos que arañaba las nubes.
Estaba en el séptimo piso de un edificio anónimo en la colonia Cuauhtémoc, un espacio que priorizaba la función sobre la forma. No había vistas panorámicas, solo una ventana que daba a la pared de ladrillos del edificio de enfrente. No había muebles de diseño italiano, solo un escritorio de melamina, una silla ergonómica y una cafetera que funcionaba con cápsulas.
No había lujo. Solo eficiencia.
Alejandro colgó el teléfono después de una larga llamada con un cliente de logística. Se frotó los ojos, un gesto de agotamiento que se había vuelto crónico.
Su mirada se posó en el calendario digital de su computadora.
Un pequeño recordatorio, programado automáticamente hacía un año, brillaba en la esquina de la pantalla.
"Cumpleaños de Isa - 8 años".
Un suspiro, pesado y lleno de un pesar que no podía nombrar, se le escapó. Ocho años. ¿Cuándo había pasado el tiempo? Se sentía como si ayer mismo la estuviera sosteniendo en brazos por primera vez, un pequeño bulto de mantas y promesas.
Promesas que no había cumplido.
Salió de la oficina temprano, una libertad que su antigua vida rara vez le permitía.
Condujo sin un destino claro, hasta que los escaparates de lujo del Palacio de Hierro de Polanco lo atrajeron como un faro.
Entró en la tienda departamental, el aire acondicionado y el suave murmullo de los compradores lo envolvieron. Subió por las escaleras eléctricas hasta la sección de juguetes, un paraíso de colores brillantes y música infantil.
Y se sintió completamente perdido.
Vagó por los pasillos, un gigante con traje en un mundo de muñecas y bloques de construcción. Miraba los estantes, los nombres de los juguetes eran un lenguaje extraño. ¿Qué le gustaba a su hija ahora? ¿Seguía obsesionada con los corceles cósmicos? ¿O ya había pasado a otra cosa?
Una vendedora joven se le acercó con una sonrisa ensayada.
—¿Busca algo en especial, señor?
—Es para mi hija. Cumple ocho años.
Mostraba el rostro de una mujer.
Una mujer con una expresión serena, casi enigmática, y unos ojos que parecían mirar directamente al futuro.
Era Camila.
Debajo de su rostro, el logo de Axon AI brillaba contra un fondo azul profundo.
El eslogan era simple y devastador.
"Axon AI. Diseñando el mañana."
Alejandro se quedó inmóvil, con el regalo de su hija en las manos, mirando el rostro de la mujer que había perdido. La mujer que, en efecto, estaba diseñando el mañana. Un mañana en el que él ya no tenía cabida.
Se quedó allí por un largo, largo momento, antes de subir a su auto.

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