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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 17

Isabella se quedó atascada en el tráfico. Cuando por fin llegó al edificio del Grupo Domínguez, solo alcanzó a ver a un hombre con traje negro subirse a un Maybach blanco que arrancó de inmediato.

¿Guapo a rabiar?

¿Se enamoraría de él sin remedio?

¿Ese?

A Isabella se le torció la boca. El hombre no solo era bajo, sino también moreno y feo. Parecía una papa recién sacada de la tierra. Mirarlo era una ofensa para los ojos.

Pero, pensándolo bien, todo cuadraba. El señor Domínguez también era moreno, bajo y feo. La genética era implacable.

Y ella que le había creído, pensando que de la tierra negra también podían brotar flores hermosas.

¿Y ahora qué? Empezaba a arrepentirse.

***

En el Maybach, el asistente, también de traje negro, le entregó una carpeta al presidente y le resumió los puntos clave de la próxima reunión con la mayor brevedad posible.

El presidente seguía revisando los documentos. Su piel, tersa y clara, era más delicada que la de una mujer maquillada. Sus cejas, bien definidas y elegantes como el perfil de una montaña, enmarcaban una nariz recta y perfectamente esculpida. Sus ojos eran profundos y penetrantes. La línea de su mandíbula, firme y poderosa, le confería un aire severo, y cada uno de sus gestos destilaba una nobleza innata.

El presidente de la multimillonaria familia Crespo. Con esa presencia, no era de extrañar.

Aunque el asistente veía esa cara todos los días, y también se veía la suya en el espejo, cada vez sentía que la vida era injusta.

¡Dios no era justo!

Quería volver al mundo de los mortales, ser un feo común y corriente, y no alguien cuya fealdad se magnificaba por el contraste con la persona a su lado.

***

—¡Quiero cancelar la boda! —le soltó Isabella a Iván en cuanto entró.

No había nada que hacer. Era una mujer que se fijaba en el físico. Si no, ¿cómo se habría fijado en Gabriel, un hombre menos capaz que ella que esperaba que le hicieran todo?

Era guapo.

Pero el hijo del señor Domínguez era tan feo que le costaba digerirlo.

En el elevador, había puesto en una balanza al Grupo Domínguez y al hijo feo del señor Domínguez. Al final, la balanza se inclinó a favor de sus ojos.

Era ambiciosa y le gustaba el dinero, pero el dinero se podía volver a ganar. Si sus ojos se dañaban, sería para siempre.

El señor Domínguez era calvo en la frente, con solo un poco de pelo blanco y rebelde a los lados. Era bajo, gordo, de párpados caídos, nariz chata y labios gruesos. Cada rasgo por separado ya era feo, pero juntos… eran un desafío para la humanidad.

Y encima, él parecía confundido.

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