—Mi amor, quiero sopa.
Isabella se giró hacia Gabriel, le hizo un pucherito y le pasó el cucharón.
Gabriel sabía que Isabella y su madre estaban en guerra otra vez, pero no pudo evitar disfrutar que ella lo necesitara y le hiciera mimos.
—Claro.
Tomó el cucharón y el plato de ella y, rodeando la mesa a propósito e ignorando la cara de furia de su madre, le sirvió un tazón de sopa.
—Ten, con cuidado.
Isabella probó una cucharada y exageró su reacción.
—¡Wow, qué rica está! Pero es que, como me la serviste tú, esta sopa está llena de tu amor por mí. Por eso sabe tan deliciosa.
—En cuanto termines, te sirvo más.
—Quiero de los mariscos.
Diana había puesto a propósito la fuente con el guiso de mariscos frente a Otilia, así que Gabriel tuvo que levantarse para poder alcanzarla.
Al ver la escena, a Otilia no le quedó más remedio que, con una acidez mal disimulada, mover la fuente hacia ellos.
Isabella probó un bocado, decidió que no le gustaba y lo dejó en el plato de Gabriel.
Él lo tomó y se lo comió, con una expresión de felicidad y satisfacción.
—Quiero estofado.
Isabella ya ni siquiera estiraba el brazo. Solo decía qué quería y Gabriel se lo ponía de inmediato en el plato. Si ella hubiera querido, seguro hasta se lo daba en la boca.
—¿Qué más se te antoja?
—Quisiera camarones, pero no tengo ganas de pelarlos.
—Yo te los pelo.
Gabriel tomó varios y los puso en su propio plato. Luego, uno por uno, los fue pelando y colocando en el tazón de Isabella.
Mientras comía, Isabella no paraba de elogiar a Gabriel por lo bien que lo hacía, por dejar los camarones tan perfectos.
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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...