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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 23

—Mi amor, quiero sopa.

Isabella se giró hacia Gabriel, le hizo un pucherito y le pasó el cucharón.

Gabriel sabía que Isabella y su madre estaban en guerra otra vez, pero no pudo evitar disfrutar que ella lo necesitara y le hiciera mimos.

—Claro.

Tomó el cucharón y el plato de ella y, rodeando la mesa a propósito e ignorando la cara de furia de su madre, le sirvió un tazón de sopa.

—Ten, con cuidado.

Isabella probó una cucharada y exageró su reacción.

—¡Wow, qué rica está! Pero es que, como me la serviste tú, esta sopa está llena de tu amor por mí. Por eso sabe tan deliciosa.

—En cuanto termines, te sirvo más.

—Quiero de los mariscos.

Diana había puesto a propósito la fuente con el guiso de mariscos frente a Otilia, así que Gabriel tuvo que levantarse para poder alcanzarla.

Al ver la escena, a Otilia no le quedó más remedio que, con una acidez mal disimulada, mover la fuente hacia ellos.

Isabella probó un bocado, decidió que no le gustaba y lo dejó en el plato de Gabriel.

Él lo tomó y se lo comió, con una expresión de felicidad y satisfacción.

—Quiero estofado.

Isabella ya ni siquiera estiraba el brazo. Solo decía qué quería y Gabriel se lo ponía de inmediato en el plato. Si ella hubiera querido, seguro hasta se lo daba en la boca.

—¿Qué más se te antoja?

—Quisiera camarones, pero no tengo ganas de pelarlos.

—Yo te los pelo.

Gabriel tomó varios y los puso en su propio plato. Luego, uno por uno, los fue pelando y colocando en el tazón de Isabella.

Mientras comía, Isabella no paraba de elogiar a Gabriel por lo bien que lo hacía, por dejar los camarones tan perfectos.

—Mamá, qué abierta de mente es usted, se lo agradezco en nombre de Oti. Pero déjeme explicarle algo en su defensa: ella de verdad no quería ser la otra, ni destruir una familia. Para mí, Oti es como una florecita blanca, pura e inmaculada, incapaz de hacer algo tan descarado.

—Ya, ya, ya entendí —dijo Diana, molesta.

—Ay, es que me duele tanto verla sufrir. Ustedes no saben cuánto amaba Oti a Nicolás en aquel entonces, todo lo que hizo por él.

—Bella, lo que pasó, pasó. Ya no hables de eso —dijo Otilia, empezando a ponerse nerviosa.

—¡Claro que voy a hablar, estoy indignada por ti! En aquel entonces, para poder estar con Nicolás, te saliste del dormitorio de la escuela y rentaste un cuartito en un callejón viejo de por ahí. Fui a verte una vez y, como no tenían dinero, los dos tenían que compartir una sola almohada y una cobija individual. Era un cuartucho sin balcón ni nada, no tenían dónde secar la ropa. ¡Tus calzones estaban colgados junto a sus boxers…!

—¡Bella!

—Y eso no es nada. Para mantenerlo, tuviste que trabajar sirviendo copas en un bar. Los borrachos se la pasaban manoseándote y una vez hasta un viejo mañoso te siguió, te cargó y te llevó a un callejón. ¡Casi te…!

—¡Cállate! —Otilia se levantó de golpe, chocando con la mesa. El estruendo hizo que los platos y vasos temblaran.

Raúl acababa de servirse un trago de tequila. Con el golpe, el vaso se volcó y el líquido se derramó sobre su pantalón.

***

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