Isabella hablaba con tanta emoción que hasta sacó un pañuelo para secarse los ojos. Y mientras lo hacía, aprovechó para echar un vistazo a la familia Ibáñez: todos tenían la cara entre verde y roja por la vergüenza. Otilia, por su parte, estaba pálida como el papel.
A Isabella le daban ganas de reírse y ya casi no podía aguantarse.
—¡Qué sarta de tonterías! —Raúl se puso de pie, recogió el vaso volcado y lo azotó en la mesa—. ¡Gabriel, cada vez tienes peor gusto!
Después de decir eso, subió las escaleras furioso.
Isabella fingió no entender.
—Mi amor, ¿a qué se refiere papá?
Gabriel se llevó una mano a la frente.
—A nada, no te preocupes.
—Señora, no le crea, está inventando todo. Esa persona y yo, nosotros…
—Yo no estoy inventando nada, cada palabra es verdad —replicó Isabella de inmediato.
—Bella, ¿de verdad tienes que humillarme de esta manera?
—¡Pero si te estoy defendiendo! ¡Cómo puedes malinterpretarme así!
—Bella…
Isabella tiró los cubiertos y, antes de que Otilia pudiera decir algo más, se levantó y subió las escaleras, también fingiendo estar indignada.
Sin embargo, al llegar al descanso de la escalera, se asomó a escondidas.
Diana salió del comedor con cara de pocos amigos. Otilia intentó explicarle lo de Nicolás, pero cuanto más hablaba, más se oscurecía el rostro de Diana.
—Ya basta, no me interesa escuchar sobre ti y tu exnovio.
—Señora, yo…
—Estoy cansada, me voy a mi cuarto a descansar. Gabriel, acompáñala a la salida.
Isabella soltó una risita ahogada.
No pudo contenerse y, para que no la descubrieran, corrió a su habitación. Solo después de cerrar la puerta con seguro, se permitió reír a carcajadas.
De la cena que Diana había preparado con tanto esmero, nadie había probado más de un par de bocados. Solo ella había comido hasta quedar satisfecha.
Y no solo satisfecha, sino que había comido delicioso y se sentía de maravilla.
Esa noche, Gabriel tampoco volvió a la habitación. Seguramente temía que las marcas que Otilia le había dejado en el cuerpo aún no hubieran desaparecido y que ella sospechara algo.
—Ni lo sueñes.
Mientras la cara de Diana se ponía verde de coraje una vez más, ella salió de la casa con el mejor de los ánimos.
El viejo doctor del que hablaba Iván estaba en un estrecho callejón del centro histórico. Tardó un buen rato en encontrar un local que se veía viejo y deteriorado, con un letrero tan desgastado que apenas se leían las letras.
«¿Aquí adentro está el doctor “tan brillante” del que habla Iván?».
«¿No lo habrán estafado?».
«Este lugar se ve tan descuidado, no me da nada de confianza».
Pero ya que estaba allí, tenía que entrar a ver.
Con cara de asco, empujó la puerta y entró. En el interior del decrépito cuarto vio a un hombre impecablemente vestido de traje, revisando unos documentos.
La poca luz que se filtraba por la vieja ventana de vidrio caía sobre él, como si fuera la única persona en ese espacio y todo lo demás perdiera su color a su lado.
En ese momento, él levantó la cabeza. Un rostro perfecto, de una belleza casi celestial. Era como si esas palabras hubieran cobrado vida.
Isabella soltó un «wow» para sus adentros. «¿Cómo puede un hombre ser tan guapo? ¡No es justo!».
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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...