A Isabella le costó trabajo apartar la vista de la belleza de aquel hombre. Volvió a mirar a su alrededor y se dio cuenta de que, aparte de él, no había nadie más.
Obviamente, él no podía ser el viejo doctor, así que solo podía ser… ¿un paciente?
Cuando vio un letrero rojo pegado en la pared detrás del hombre que decía «Especialista en infertilidad», lo entendió todo.
—Tú también vienes a consulta, ¿verdad?
…
—¿Sabes dónde está el doctor?
…
—¿Llevas mucho tiempo esperando?
…
Isabella le hizo tres preguntas seguidas, pero no obtuvo respuesta. El hombre seguía concentrado en los documentos que tenía en las manos.
—Ah, con que eres sordo.
Isabella frunció los labios. «¿De qué sirve ser tan guapo si no tienes modales?», pensó.
Pero incluso ante su evidente sarcasmo, el hombre no reaccionó. Ni siquiera un gesto.
«En fin».
Isabella suspiró. Como él también estaba esperando consulta, decidió esperar pacientemente.
Mientras se aburría, Sara le mandó una foto. En la imagen aparecía un joven apuesto y de aspecto alegre.
Isabella le respondió con varios signos de interrogación y Sara le contestó con un emoji babeando.
[Mi tía me arregló una cita. Ahora mismo estamos paseando por el parque, ¿a que está guapo?]
Isabella no le respondió si era guapo o no. En su lugar, le tomó discretamente una foto de perfil al hombre que estaba a su lado y se la envió a Sara.
Sara: [¿Es una estatua?]
Isabella: [No.]
Sara: [¿Un robot?]
Isabella: [Es una persona real.]
Sara: [¡Aaaah! ¿Cómo puede existir alguien tan guapo en este mundo? ¡Va en contra de la ciencia!]
Isabella: [Sí, pero es una lástima.]
Sara: [¿Qué quieres decir?]
—¿Casualidad de qué?
—Siéntate, siéntate, ahora mismo vuelvo —dijo el anciano, y se fue corriendo al patio trasero.
Isabella se quedó perpleja.
«¿Estábamos hablando de lo mismo?».
«A lo mejor con la edad ya se quedó sordo de verdad».
Eso podía explicar lo del anciano, ¿pero y el joven?
Isabella se giró y vio que seguía revisando sus documentos, como si ella no existiera.
Al poco rato, el doctor Aguirre regresó. Esta vez llevaba una bata blanca impecable. Su pelo, antes algo desaliñado, ahora estaba perfectamente peinado y con fijador.
Seguía acariciándose la barba, y sus pequeños ojos se movían con rapidez. Debía de ser bastante mayor, pero tenía el rostro sonrosado y una vitalidad envidiable. Se sentó detrás de un viejo escritorio rectangular, se acomodó y, tras encontrar un cojincillo para la muñeca, golpeó la mesa.
Isabella no pudo evitar una mueca. «¿Por qué golpear la mesa? ¿No puede hablar?».
Aunque lo pensó, se sentó a su lado y colocó la muñeca sobre el cojín.
El anciano le puso los dedos sobre el pulso, cerró los ojos y, tras un momento de reflexión, le hizo algunas preguntas. Cuando terminó, retiró la mano.
***

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...