Y, efectivamente, Gabriel llegó.
Y no tardó ni una hora; llegó en cuarenta y cinco minutos.
Hay que tener en cuenta que, desde la mansión Ibáñez hasta el apartamento de Otilia, se tardan cuarenta minutos conduciendo rápido.
Eso significaba que, aunque Gabriel no había llamado a Isabella, estaba pendiente de todo lo que hacía.
Quizás incluso estaba pegado al celular, actualizando el Instagram de Isabella sin parar. Por eso había llegado tan rápido.
Eso era más obediente que un perro.
Otilia estaba que se moría de la envidia.
Pero lo que más le dolió fue que Gabriel llegó cargado de bolsas del supermercado y, en ese mismo instante, ya estaba en la cocina preparándole a Isabella el caldo de res que tanto le gustaba.
Y Isabella, desde que Gabriel entró por la puerta, no le había dirigido ni una sola mirada.
—Gabriel, has trabajado todo el día, estás cansado. Déjame cocinar a mí —le dijo Otilia a Gabriel con solicitud.
Gabriel, que estaba cortando la carne, le espetó:
—¡Ni se te ocurra entrar!
Otilia, pensando que era porque a Gabriel le preocupaba el humo de la cocina, se alegró por un momento. Pero entonces él añadió:
—A Bella le encanta mi caldo de res, y tengo que hacerlo yo, paso por paso. Si alguien más se mete, el sabor cambia.
La cara de Otilia se ensombreció un poco.
—La verdad es que yo tampoco he comido mucho…
—Pues ve a comer, no estorbes aquí.
Esta vez, la cara de Otilia se descompuso por completo.
Ya no tenía apetito. Conteniendo la rabia, fue al salón y vio a Isabella sentada en el sofá con las piernas cruzadas, viendo videos en su celular. No sabía qué estaba viendo, pero se reía a carcajadas.
Isabella no necesitaba adular a Gabriel como ella, y aun así recibía todo su amor. ¡Cómo no iba a sentir envidia!
Isabella, en realidad, estaba viendo los videos que le había mandado Iván, todos de cuando su hijo era pequeño.
El niño era un muñeco, tan adorable que daban ganas de morderlo.
Mientras los veía, no podía evitar pensar en cómo el tiempo había sido tan cruel como para convertir a ese niño tan guapo en una especie de zanahoria seca y tostada por el sol.
Cuando llegó al video en el que el niño, ya un poco más mayor, iba tan concentrado leyendo que se chocaba con un perro y el perro lo perseguía sin parar mientras él corría y lloraba a lágrima viva, no pudo evitar soltar una carcajada.
Iván: [Tengo muchas más joyas como esta guardadas, luego te las paso.]


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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...