Era evidente que las palabras de Gabriel la habían enfadado tanto que no podía ni sostener un plato.
—Bella, anda, come, que se te va a enfriar —dijo Gabriel, casi suplicante.
Isabella, sin embargo, mantuvo su expresión fría.
—Vete.
—Bella…
—Esa historia que te inventaste, no me creo ni una palabra.
—Pero te digo la verdad…
—¡Lárgate!
Gabriel también empezó a sentir un nudo de ira, pero se lo tragó.
—Mañana vendré a verte.
Dicho esto, se levantó y salió a grandes zancadas.
—¡Gabriel, te acompaño!
Otilia dejó lo que estaba haciendo y salió corriendo tras él. Lo alcanzó justo en el ascensor.
—Isabella de verdad que se pasa. Tú, que te has humillado tanto, ¡y ella sigue aferrada a ese pequeño error!
Gabriel, al recordar la causa del problema, no pudo evitar lanzarle una mirada gélida a Otilia.
—¡Si no fuera por ti, Bella no estaría tan enfadada!
—Yo… —Otilia bajó la cabeza—. Es que te quiero demasiado, no pude evitarlo.
—Que me quieras no está mal, ¡el error fue que Isabella se enterara!
—No volverá a pasar.
Al ver a Otilia con la cabeza gacha, agarrándose el borde de la ropa con las manos, con un aire de fragilidad y pena, la expresión de Gabriel se suavizó.
—Por esta vez, lo dejamos pasar.
Otilia se alegró y levantó la vista hacia Gabriel.
—Mi amor, gracias por perdonarme.
A Gabriel le gustó la sumisión de Otilia y la abrazó.
—Mi amor, esta noche nosotros…
—Por cierto, esta noche puede que refresque, ponle a Bella otra cobija. Y levántate por la noche a verla, si se ha destapado, tápala. Que no se vaya a resfriar, que no le gusta tomar medicinas.
El ascensor llegó y se llevó a Gabriel.
Otilia se quedó un largo rato frente a la puerta del ascensor, los celos la consumían por dentro.

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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...