—Usted me eligió, me enseñó, y yo en su momento se lo agradecí. Por eso lo respetaba y lo trataba como a un padre. En cuanto a que dejó que su hijo se casara conmigo… ja.
Eso no fue un favor, ¡fue su manera de empezar a controlarme desde entonces! Fue un engaño y una humillación, ¡y todavía tiene el descaro de pedir que se lo agradezca!
—Tú… tú… —Raúl estaba tan furioso que no podía ni hablar.
—Puedo borrar el video.
—¡Pues qué esperas… bórralo ya!
—Quiero llevarme mis cosas.
Raúl no tuvo más remedio que aceptar, pero la rabia lo consumía. Justo cuando Isabella se iba, le dijo entre dientes:
—¡Y que no se te ocurra volver a poner un pie en el Grupo Triunfo!
—Esa advertencia guárdesela para usted.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir que a este mugroso lugar, ¡no vuelvo ni aunque me rueguen!
—¡Tú!
Dejó a Raúl con la cara pálida de coraje y salió de la oficina, satisfecha. Al volver al área de proyectos, Sara le dijo que Otilia había metido su caja en la oficina de adentro. Cuando entró, vio a Otilia y a Gustavo revisando sus pertenencias.
—¿Qué están haciendo? —preguntó, furiosa.
Otilia se apresuró a explicar:
—Sé que no escondes nada, pero solo para que el director se quede tranquilo, Gustavo y yo le estamos echando un ojo.
—De hecho, aquí hay una libreta —dijo Gustavo, sacándola de entre un montón de cosas.
Otilia la abrió en una página al azar y, al ver unos números de teléfono, asumió que era una agenda con los contactos de clientes importantes.
—Señorita Quintero, tiene que dejar esta libreta.
Isabella la miró con el ceño fruncido. La había metido en la caja sin pensar mientras recogía sus cosas, pero si le hubiera prestado más atención, la habría tirado directamente a la basura.
Otilia la tomó y ojeó varias páginas. Su expresión cambió varias veces.
—Bella, ¿por qué no mejor dejas la libreta? —dijo, fingiendo estar en un aprieto.
Otilia no solo tenía que limpiarla con cuidado, sino que, de paso, seguro se leyó todas y cada una de las cartas de amor que Gabriel le había escrito. Isabella imaginó la escena, cómo se le retorcerían las tripas con cada palabra que leía, y no pudo evitar soltar una carcajada.
Cuando Otilia llegó a casa esa noche, Isabella la saludó como si nada hubiera pasado.
—Ay, Oti, ¿qué te pasó en la boca? Tienes un montón de fuegos.
Otilia se tapó la boca.
—No es nada, ando un poco estresada, es todo.
—Ah, ¿estrés? Pues toma mucha agua.
Otilia no pudo seguir fingiendo y terminó pidiendo comida a domicilio.
Isabella subió una historia a Instagram, una indirecta muy directa que, como era de esperarse, no tardó en hacer que Manuela apareciera en la puerta con comida, enviada por Gabriel.
Había sido un día de lo más satisfactorio, tanto que, al meterse en la cama, le costó quedarse dormida.
Mañana tenía que ir al Grupo Crespo a devolver esa camisa. Estaba segura de que Jairo no la recibiría, así que tenía que idear un buen plan.
***

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...