A la mañana siguiente, Isabella fue al consultorio del doctor.
Desde lejos, vio a una mujer de mediana edad gritándole a la entrada.
—¡Qué doctor de gran prestigio ni qué nada! ¡Usted es un matasanos! Mi mamá sigue en el hospital, y si le pasa algo, ¡le voy a destruir este lugar!
La puerta del consultorio estaba cerrada a cal y canto. Pasó un buen rato antes de que se abriera una rendija. El anciano asomó la cabeza, echó un vistazo para asegurarse de que la mujer se había ido y solo entonces abrió la puerta por completo.
—¡Lo que es ser una vieja argüendera! ¡Esta mujer es el vivo ejemplo! —dijo el doctor, mesándose la barba, con un aire de resignación pero sin ganas de pelear.
Isabella hizo una mueca y entró al consultorio.
—Voy a ir al Grupo Crespo más tarde y de pasada quise venir a verlo. ¿No tiene algo que quiera que le lleve al señor Crespo? —preguntó Isabella, tratando de sonar casual.
No dejaba de pensar que el hombre guapo de la otra noche se le hacía conocido. En el momento no supo quién era, pero después lo recordó: era el mismo hombre que había visto en este consultorio.
Era una de esas casualidades del destino, y pensaba aprovecharla al máximo.
El anciano soltó un «¿eh?».
—No, no tengo nada que mandarle.
—Su medicina ya casi se le debe de haber acabado, ¿no? Podría prepararle más y yo se la llevo.
—Él no necesita medicina. —«Porque no está enfermo», pensó.
Isabella reflexionó. «¿No necesita medicina? ¿Acaso ya no tiene remedio?».
—¿O quizá necesita darle alguna indicación?
—No, ninguna.
Isabella frunció el ceño. Este viejo no captaba nada.
—El otro día que lo vi no se veía muy bien —insistió, para darle una pista—. ¿No andará bajo de defensas o algo así?
—La verdad es que sí anda algo débil —dijo el anciano, como recordando algo—. Sí le vendría bien un refuerzo. Espérame aquí.
Al cabo de un rato, el doctor regresó y le entregó una bolsa.
Isabella miró adentro y por poco no avienta la bolsa del susto.
Era una tortuga, ya limpia y lista, con la cabeza hacia arriba, mirando a cualquiera que se asomara…
—¿Quiere que le… lleve esto?



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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...